miércoles, 17 de abril de 2019

Siempre de frente


Fue Martes Santo para enmarcarlo. Me cuentan que la Hermandad del Dulce Nombre entró en La Campana sin música. Dicen que como protesta. ¿De qué se quejan? Salieron cuando la tarde ya declinaba, volvieron ya de noche. Lucieron como siempre o mejor que nunca. Quizás su salida debería atrasarse un poco porque el parón en La Gavidia fue excesivo. Por lo demás, ¿de qué se queja La Bofetá? Y me comentan una historia de Los Estudiantes que no llego a comprender bien. Se supone que es otra queja. ¿Y de qué se puede quejar la Hermandad de los Estudiantes? Es cierto que salen algo apresurados para que pueda pasar El Cerro por la calle San Fernando, pero su recorrido por el barrio del Arenal, ciertamente algo más largo del habitual, resultó una maravilla. Es posible que haya detalles que se me escapan, pero el caminante cofrade comenta lo que puede presenciar o le comentan voces sensatas. Y lo del Martes Santo fue perfecto. Para ello, la Hermandades hicieron un esfuerzo y cumplieron los horarios con precisión. Es posible que haya algunas cosas que corregir, pero ayer se demostró que el Martes Santo es posible y que lo del Santo Martes fue una experiencia absurda y desnortada.

Lo que hay que corregir, aunque es casi imposible es la educación del pueblo. En las calles de Sevilla no hay mucha más gente que en décadas anteriores, lo que hay es más gente mal educada. Y la falta de educación es la culpable de se contemplen escenas lamentables de suciedad, desorden, gritos sin sentido, manotazos para defender a la hembra que niños de 15 años llevan delante. Por no hablar del nuevo léxico cofrade. Lo de revirá ya no hay quien lo destierre. Desde alguna radio lo pusieron de moda y el palabro se ha quedado instalado para siempre, lo mismo que ‘petalá’ o ‘recogía’. El leguaje pataleado. Ayer escuché algo que para mí es nuevo. Un capataz le dijo a su cuadrilla: ‘No pararse; gateando’. ¿Gateando? Qué es esto. Con lo bonito que es decir: ‘Siempre de frente’. 

En fin, que es mejor mirar para los cortejos y tratar de aislarse de quienes creen que la calle es suya. Menudos cortejos los del Martes. No lo pude ver todo, entre otras cosas porque estas líneas no se pueden escribir sentado en una silla de la Carrera Oficial, pero la Semana Santa de Sevilla es una sucesión de emociones inesperadas. Me fui a ver la del Cerro a la calle Velázquez a las cinco de la tarde. No esperaba nada especial, pero quería observar el nuevo paso del Cristo de la Humildad. Me gustó todo en este paso. La imagen de Miñarro tiene fuerza expresiva. La cruz parece muy grande, pero no desentona.  Pasó el misterio y llegó la dolorosa. Se había comentado que a la salida una paloma se había posado en la corona de la Virgen. Hay fotos del momento. 

La Virgen de los Dolores llegó a esa calle Velázquez y de manera sorprendente de nuevo apareció la magia de la Semana Santa. De un balcón surgió una enorme petalada, allí estaba todo el barrio, los vítores eran clamorosos dirigidos por un hermano a grito pelado. Mucha emoción y un punto de fanatismo. Y me pregunto por qué no puede haber fanatismo cuando por la calle se pasea la Virgen de tus amores. Entre las flores llovidas del cielo, el trabajo de los costaleros, los gritos de júbilo mariano, fue la banda de las Nieves de Olivares la que puso la nota definitiva al interpretar Coronación de Manolo Marvizón. Estaba conmovido. En una calle cualquiera de Sevilla, cuando un palio se mece puede surgir el encanto que solo puede protagonizar un pueblo como el sevillano.

San Esteban es la Hermandad más sacrificada con los cambios. Según se mire, claro. Salió temprano y se recogió casi cuando aún no lo había hecho el sol. Me pareció ejemplar su estación de penitencia y disfruté de la belleza de la Virgen de los Desamparados. 

El nuevo recorrido por el Arenal de Los Estudiantes, ya de noche, me pareció bellísimo. Alguien dirá que el crucificado de Juan de Mesa es tan portentoso al sol como en la noche. Es cierto, pero ha ganado con lo que ayer pude presenciar. Igual que Santa Cruz, a la que pude ver ya de recogida por la plaza del Triunfo antes de entrar en ese rincón maravilloso de la Alcazaba. Cristo en la Alcazaba tocó a Nuestra Señora de los Dolores la banda de Tejera. Esos momentos no tienen precio.


martes, 16 de abril de 2019

La distancia de los años



Conforme se cumplen años, la Semana Santa se presencia a mayor distancia. Hubo un tiempo en el que uno fue cangrejero delante de los pasos, algo que a estas alturas, cuando, como dice el maestro Peris, se empieza a vislumbrar la otra orilla, es casi imposible. Cuando me emplacé en la Plaza Nueva para ver la llegada de la cofradía de Santa Genoveva recordé aquellos tiempos del pasado en los que me ponía delante del Cautivo en Gamazo y no lo soltaba hasta llegar a Tetuán. Pero los años exigen distancia, como a los buenos toreros, y ahora la visión es distinta, ni mejor ni peor, simplemente diferente. El Cautivo apareció como siempre: impresionante, con las mujeres del barrio detrás, con un exorno floral exuberante y extraño y la banda de La Pasión de Linares tocando por primera vez en Sevilla. Buena banda. Lo que pude escuchar me pareció muy bueno. Y lo mejor es que su repertorio fue clásico en todo momento.

Todo se ha transformado. Se piensa que las sillitas las utilizan las personas mayores. Craso error. En las caminatas de la Semana Santa pude ver a chavales de menos de 20 años apostados en las sillitas plegables esperando las llegadas de los pasos. Una chavalería con pinta de derrota a las cinco de la tarde. Otra juventud distinta es la que se concentra por las noches en la calle Moratín, todos ellos con corbata, para beber en comunidad  en una botellona indecorosa. Debe ser el signo de los tiempos.

Santa Marta conmueve en cualquier punto del recorrido. Una inmensa legión de monaguillos precede al traslado al sepulcro. La belleza de la Santa y las sábanas blancas producen una sensación especial. Se me escapó el Polígono y apenas pude ver a la Virgen muy de lejos. Había pasado por la Campana cuando casi ni estaban colocadas las sillas. Adiviné en la distancia los ojos verdes de la señora.

Así estaba la tarde cuando la alarma del móvil soltó la noticia del incendio en Notre Dame de Paris. Todo el mundo se miraba al conocer lo que ocurría en la capital de Francia.  Incredulidad y dolor. Que un templo cristiano tan señalado arda en llamas en plena Semana Santa debe ser una señal de algo que se nos escapa.

Pero se imponía seguir la tarde y llegaba San Gonzalo. Ejemplar y multitudinaria estación de penitencia la de la Hermandad trianera. El misterio voló de forma primorosa por las calles de Sevilla. 

El caminante necesitaba ver al Cristo de Vera Cruz. Seriedad y sobriedad en un conjunto severo, cuatro hachones verdes en las esquinas, dos angelotes que sostienen los faroles y una imagen que sobrecogedora en la penumbra de la tarde. Toma tu Cruz y sígueme, cantaba un coro. 

Pasaron Las Penas y las Aguas. Me quedaba solo buscar a la Virgen de las Aguas del Museo para deslumbrarme con el blanco nacarado del tul de su tocado. Me quité años de encima y me puse delante de su paso, como en tiempos ya hacía por Tetuán una vez pasada la puerta del Ayuntamiento, a los sones de Amarguras, para contemplar con deleite la belleza  indescriptible del rostro de la Virgen.  El Lunes Santo puede empezar de muchas formas, pero solo puede acabar mirando la cara de esta dolorosa.  


lunes, 15 de abril de 2019

Amarguras del Domingo de Ramos



El tórrido sol veraniego no frena las ansias del caminante en una jornada tan especial como la del Domingo de Ramos. He acompañado en buena parte de ella a una pequeña de inmensos ojos azules. La he visto alborozarse ante un palio, he creído ver que tocaba las palmas de emoción ante los sones de una banda; es posible que haya sino una enajenación, pero pienso que ahí hay madera cofrade. La genética parece que funcionará. Por mi parte, como le escuché a un sacerdote en la Magdalena, intento subirme a cada paso cuyo discurrir presencio por las calles. Y nunca dejo de observar a la gente.

En la calle San Pablo he vuelto a  presenciar el cortejo de Jesús Despojado. La cofradía ha envuelto todo el día al barrio del Arenal. La Hermandad ha ganado presencia. Solo una objeción: ¿es necesario que la Agrupación Virgen de los Reyes que acompaña al misterio ataque esas marchas tan extrañas? Mira que hay marchas de cornetas y tambores. Por no hablar de los xilófonos.

Al final de Correduría, ante de llegar a la Alameda, he visto pasar a la cofradía de la Hiniesta desde un balcón privilegiado. Con mis manos podría haber tocado la del Cristo de la Buena Muerte. Delante del palio caminaba la representación municipal. El alcalde, Juan Espadas, ha mirado al balcón y me ha saludado. Espadas tiene cara de buena persona. También me ha saludado Juan Carlos Cabrera, el concejal de Fiestas Mayores, que también tiene cara de buena gente. El de Fiestas Mayores es uno de los cargos más agradecidos del Ayuntamiento. Casi todos los que lo han ostentado han recogido el afecto de la mayoría de los sevillanos.

Me han saludado el alcalde y el concejal. Me ha llegado mi dosis de vanidad y se lo he contado a mis acompañantes. ¡Me ha saludado el alcalde! La gente que me escucha sonríe con una mezcla de incredulidad e indiferencia. Los otros representantes municipales no me han saludado. Al de la izquierda no lo conozco. Al de la derecha, sí. No ha mirado al balcón.


He ido a ver a la Estrella a la salida del Puente de Triana antes de llegar a Reyes Católicos. Mucha gente y mucho tiempo de espera. Busco imágenes a mi alrededor. Cuando el Señor de la Penas ya se acerca, entre los bosques humanos descubro un señor que se mueve en un carrito a impulsos de sus fuertes brazos. Va de un lado a otro tratando de encontrar el mejor sitio para poder ver al Cristo trianero que viene rezando. No le ayuda nadie en su penosa tarea. Ni yo mismo me he acercado a prestarle mis brazos para llevarlo al sitio elegido. Al final ha encontrado el lugar idóneo para presenciar el paso del misterio. Mis ojos van del Señor de las Penas a este señor que está sentado en una silla de ruedas. He creído ver que sus labios musitaban algunas palabras. He vuelto a mirar a Jesús en su angustiosa espera. El hombre no parpadea. Cuando el paso se ha alejado, lo he buscado en la marabunta de carritos de bebés. Ya se ha marchado. Se desliza a impulsos de sus brazos por la calle Arjona. Quiero pensar que había podido rezar su oración. Me queda la pena de no haberme acercado a prestarle mis brazos.

Nunca estuvo el Paseo de Colón tan atestado como ayer cuando ya pasó el palio de la Estrella por el cruce a la salida del puente. Tras la Virgen que mejor llora en Sevilla, la  que nos habla con sus manos, la banda de la Oliva se estrena a sí misma en sus más de cien años de existencia con una directora, Amadora Mercado, que es presente y realidad para una banda histórica.

Por el Paseo de Colón observo a un niño pequeño, apenas cuatro o cinco años, que camina junto a sus padres, agarrado al carrito en el que duerme su pequeña hermana. De pronto se ha parado. Se agacha, espera unos segundos, le oigo decir ¡a esta es! y da un salto de ‘levantá’ gloriosa. Sigue su camino meciendo su cuerpo como si fuera un costalero de Sevilla. Estas cosas nos animan a seguir con esperanza mirando al futuro.

Todavía ha dado tiempo para ver a La Paz bajando por San Gregorio. Hay que pasar por el control de avituallamiento porque la jornada tiene dos citas ineludibles. El Cristo del Amor, como todos los años. Durante toda mi vida he tenido en mi retina su rostro en la imagen que coronaba una habitación de mi domicilio familiar. Conozco cada pliegue de su rostro. Nunca la muerte se plasmó con más dulzura. Amor a raudales.

Tenía que ver a toda costa a la Amargura. Por ser quien es y porque se estrenaba la banda del Carmen de Salteras, la misma que en la Madrugá rompe moldes tras la Macarena, pero que en esta ocasión interpreta marchas fúnebres. Solo me quedó irme a San Juan de la Palma a ver la entrada. Muy tarde. El cuerpo estaba dolorido. Entró el Señor. Llegó la Virgen y sonó Virgen del Valle. Ya a punto de entrar los compases de Amarguras se adueñaron de la plaza. El palio ya había entrado, la marcha no había terminado, pero la banda siguió tocando hasta el último acorde. Todo era silencio. La marcha culminó cuando ya las puertas se habían cerrado. No cabe más señorío y delicadeza en una banda con una marcha centenaria. Hay aplausos a la banda, seguro que Juanillo el de la Palma también las tocaba, y yo mismo, como me he subido al palio y he entrado en el templo, la emoción también me embarga al haber podido escuchar la marcha de las marchas, de principio hasta el final, tocada de forma magistral por la banda del Carmen de Salteras. Así se cerró un nuevo Domingo  de Ramos para mayor gloria de Sevilla y de los sevillanos.

sábado, 13 de abril de 2019

Charo Padilla, la emoción del pregón de los humildes



La periodista Charo Padilla subió al atril del teatro de la Maestranza para dictar un pregón de la Semana Santa histórico. La expectación que se había creado ante el primer pregón de una mujer se vio superada por la realidad de un canto salido de lo más profundo del alma dedicado a los más humildes, a esas personas sencillas que son también los protagonistas de la Semana Santa. Con su micrófono en mano, llenó de vivencias emocionantes su disertación, contado con la tranquilidad de quien todos los años pronuncia su pregón en la radio, con la seguridad de que su canto a los seres anónimos de la Semana Santa llegaría a todos con claridad meridiana. Sin versos ripiosos, con la verdad de lo vivido y contado, la pregonera le dio pellizcos al corazón de Sevilla, que la escuchó con la ansiedad de su estreno como mujer en el cargo, pero que acabó llorando con ella tras una alocución cargada de escenas cotidianas. Fue un pregón de barrio, de cofradías cerca de los suyos, alejado de carreras oficiales y de palcos. Fue el pregón de una reportera con su verdad a cuestas.

Se repitieron los ritos. Allí estaba el escenario con las fuerzas vivas de la ciudad cual tribunal inquisitorio, la música de la Semana Santa a cargo de la banda Municipal con Madre Hiniesta por delante, obra del marido de la pregonera Manolo Marvizón, la presentación exacta y señorial de Juan Carlos Cabrera, el delegado de Fiestas Mayores, y los sones de Amarguras cuando se cumplen cien años de su presentación.

Cuando llegó el momento, Charo Padilla avanzó los escasos metros desde su sillón al atril para pedir la venia a Sevilla. Sació su sed con un jarrillo metálico, como no podía ser de otra forma. En la venia ya avanzó el meollo de su pregón. Su Semana Santa es la historia de 30 años con un micrófono contando lo que está viendo y lo que siente. Eso fue lo que hizo. “Te pido la venia Sevilla para contarte lo que ya sabes”.

Recordó a su madre cuando la llevaba a ver la Macarena a la Basílica. Con una sonrisa entrecortada y un escalofrío profundo, Charo se enjuagó la boca con el agua. Después llegó la inmensidad del recuerdo a los cofrades del Polígono Sur, en especial a los componentes de la banda de Santa María de la Esperanza. Reclamó a la Sevilla oficial que tengan en cuenta el esfuerzo y la ilusión de un puñado de chavales que buscan un mundo mejor. Era su presentación. Nada de misticismos, ni algaradas en La Campana, en directo para cantar a un barrio humilde como el Polígono Sur. Fue toda una declaración de intenciones.

A continuación dedicó su recuerdo a Carmen Medina ’La Maja’, cuya  madre murió sin poder salir de nazarena en la Esperanza de Triana, algo que ha conseguido su hija, “Alfarera pura, Triana eterna, Sevilla es fuerte en la fe”, exclamó Charo con una cita de San Juan Pablo II. Carmen, allí presente con sus 85 años, sintió el dolor de la muerte de un hijo el año pasado y contaba Padilla que “no tuvo fuerzas de asomarse al balcón cuando pasaba la Esperanza”. Le pidió que este año se levantara, que su hijo tiene preparada una petalada  de flores desde el cielo.

Se fue a la Redención, donde Manolo Marvizón le pidió la mano a en matrimonio a su hermano. Manolo Marvizón que ligaba con Charo al tiempo que le ayudaba: “Tira cable, Manolo”. Y Manolo logró el sí de Charo con el simbolismo de una hermandad detrás, como les ocurre a tantos sevillanos. “En Sevilla vivimos por y para la Semana Santa”. A estas alturas ya hablaba la reportera de la calle, la que con su palabra ha llevado la Semana Santa a los confines más alejados del mundo, “aunque me he dejado en el tintero las mejores entrevistas”. Rememoró a los familiares ausentes, “que en un semana volveremos a sentir que siguen con nosotros”. 

Tuvo recuerdos para los suyos. Y así surgió el “yo me curo” de Valentín García. Sus compañeros de otras emisoras, como Elena Carazo o Gloria Gamito, antes de contar con entrega y verdad la realidad del Cerro. Aquí el pregón subió a los cielos cuando habló  de la humildad y la sencillez. “El mejor palco son las mueres del Cerro; en ellas está la verdad. Dios hace crecer mi fe cada Martes Santo”.

Con la Hiniesta llegó el momento de cantar a la familia. De abuelos a nietos, la pregonera desgranó sus recuerdos en San Julián, la túnica de la Hermandad que visten sus hijos, para acabar con un canto maravilloso a las madres que salen con sus retoños en su vientre. “Las madres de Sevilla tienen el privilegio de parir a los nazarenos sevillanos”.

Durante el pregón se escuchó el paso racheado de los costaleros cuando Charo se adentró en los sonidos de la Semana Santa. Sin embargo, la culminación de su palabra tenía todavía otra conexión pendiente con la Macarena. Sonaron de fondo la mayoría de las marchas dedicadas a la Señora de San Gil, mientras Charo transportaba al auditorio  a la mañana del Viernes Santo en la Resolana. Y como si Fran López de Paz le hubiera dado paso, la pregonera lo contó como sabe: “Ahí llega, rodeada por el calor del pueblo que siempre arropa a la Esperanza. Me empujan, resisto. Me empujan, no importa. Me empujan, me dejo llevar”. Y sentenció: “La Macarena es el tiempo que nunca pasa, el tiempo que se detiene, el tiempo que vuelve”.

Hubo tiempo para más cosas. Me preguntaba yo ¿y qué dirás de la mía?, rememorando otro pregón. Y llegó el momento de entrar en los vericuetos de historias sencillas de gente normal para mencionarlas a todas. Nombró a sus compañeros en la radio, se acordó de Rafa Serna y Fernando Carrasco. Todo un caudal de sentimientos.

“Yo soy Charo Padilla, la de Canal Sur, nada más”, dijo con los brazos abiertos. “Soy una mujer que ha tenido el honor de contar su Semana Santa a todos”, exclamó cuando ya las lágrimas le regaban las mejillas. El teatro estaba roto de la emoción. “Me hubiera gustado traer aquí hoy la noticia del autor de la Macarena, pero no he podido”. “Solo soy una mujer que se siente orgullosa de haber nacido en Sevilla”. Y remató con "Sevilla es una cara morena a la que mi madre le rezó"

En 84 minutos la reportera Charo Padilla había cantado su Semana Santa con un pregón histórico huyendo de los consabidos versos de siempre y de la prosa retorcida. A tumba abierta, con el micrófono en su mano, fue el pregón de su verdad, que resultó que fue la verdad de todos.

Fotografía: Diego Lobato

jueves, 29 de marzo de 2018

Leves incidentes en un buen Miércoles Santo



La jornada del Miércoles Santo en Sevilla fue de plenitud, pequeños incidentes y los reiterados problemas de horarios de una jornada sin la fama de otras pero tan conflictiva como otras de la semana. La noticia más comentada y anecdótica fue la caída del olivo del paso de misterio de Los Panaderos en salida de la capilla de la calle Orfila. La sorpresa fue que el paso lució mejor sin el árbol. No pasó nada, aunque las imágenes son un canto a la falta de previsión. Pasaron más cosas, como el doble incidente de la cofradía de La Lanzada. Al paso de palio de la Virgen del Buen Fin se le rompió el llamador cuando iba por la calle Sierpes. Al misterio se le rompió un candelabro en la Avenida de la Constitución. Estos pequeños percances no empañaron un día brillante para las Hermandades.

Las cofradías de San Bernardo y El Baratillo llevan en sus cortejos una inmensa cantidad de penitentes. Los horarios quedaron de nuevo pulverizados. El Miércoles necesita un estudio profundo para encontrar una solución. Cuando se habla de soluciones se vuelve la mirada lo ocurrido el Martes Santo. Dijimos que ha habido controversia, pero es que conforme pasa el tiempo los dos bandos – detractores y defensores del cambio de sentido - aumentan de manera proporcional.
En días como el de ayer el observador lamenta lo que se pierde más incluso que lo que presencia. Siempre existe un alma caritativa que te cuenta lo sucedido en un punto cualquiera de la ciudad en torno a una Hermandad. Me dicen que La Sed dejó la impronta de su madurez. En esta jornada se acuerdan muchos de los Viernes de Dolores de aquellos años de juventud cuando en víspera la cofradía visitaba al hospital de San Juan de Dios. El Cristo de la Sed de blanco inmaculado está ennegrecido y pide a gritos que le aclaren la policromía.

Me contaron que El Buen Fin volvió recrearse en San Lorenzo a su salida. Y que El Carmen Doloroso cumplió con esmero una nueva cita con la catedral. Pero el hombre es esclavo de sus ideas fijas y sus vivencias de la infancia, de forma que de nuevo fue El Baratillo el centro de mis pasos, ya por la calle de mis mejores vivencias, Pastor y Landero, como en la vuelta a la salida de la Catedral. Casi da miedo airearlo otra vez, pero el paso de la cofradía por la plaza del Triunfo junto a las murallas del Alcázar es una de las citas ineludibles de la Semana Santa. La banda del Carmen de Salteras tocó de nuevo La Madrugá, también ya convertida en himno de la Semana Santa, en una revirá de más siete minutos que provoca el estremecimiento de cualquiera que lo presencie. Antes, San Bernardo había pasado por el mismo enclave. Muchos recuerdos afloraron a su paso.

Los retrasos fueron considerables. Los Panaderos los sufrió a su salida. Al final, como siempre ocurre, recuperó su esplendor con su estilo discutible en su paso por El Salvador camino de su capilla. Sin el olivo el misterio, según algunos observadores, ganó en plasticidad.
La Lanzada superó sus incidencias. El paso del Cristo de Burgos por el enclave de la Alfalfa fue otra imagen inolvidable. Aún dio tiempo para acercarse a las Siete Palabras ya en Alfonso XII de vuelta. Fue un buen Miércoles Santo, pero fue una nueva jornada que invita a la reflexión porque el día está saturado y requiere alguna solución.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Confusión y controversia en el Martes Santo al revés



El Martes Santo con el recorrido de la Carrera Oficial al revés finalizó cerca de las tres de la madrugada. Era el momento de los balances. Los comentarios eran variopintos. El presidente del Consejo se lanzó de forma prematura a calificar la jornada como un éxito. El Martes Santo tiene muchas lecturas necesarias. Lo que fue evidente en las calles fue una cierta confusión popular que no solucionaban los programas de papel  ni los digitales. Preguntas y más preguntas para ubicarse, para saber adónde había que caminar para buscar una cofradía o para encontrar  emociones nuevas. Ese fue otro matiz alabado por muchos: lo inédito. Por supuesto que fue un día de escenas nunca vistas, no tanto de históricas como comentan los exagerados, pero si se trata de encontrar escenas inéditas se le da la vuelta a toda la Semana Santa y ya no la conocerá ni la madre que la parió y algunos se creerán que han encontrado la piedra filosofal para soluciones a los supuestos males que la atenazan.

Los momentos nunca vistos no pueden justificar el invento. Si el análisis frío que se necesita ahora demuestra que ha ganado la seguridad y los recorridos han sido más fluidos, los que pensamos que todo es una perversión absurda tendremos que admitir que este cambio está justificado. Nadie puede entender que una cofradía como Los Estudiantes, que cumple estación de penitencia a la Catedral y que debe tomar siempre por el camino más corto, deba llegar hasta La Campana cuando su sede está a tiro de piedra de la iglesia mayor sevillana. Es decir, que la Carrera Oficial manda como escenario obligado. O sea, que la prioridad absoluta es que para cobrar los dineros del Consejo hay que desfilar hasta La Campana.

Es cierto que se descomprimió la Alfalfa; es verdad que no hubo cruces con parones eternos; también es cierto algo muy positivo. En este Martes Santo con estación final en La Campana hubo un exquisito cumplimiento de los horarios por parte de todas las Hermandades, lo que no siempre ha ocurrido. Decían que si se quiere, se puede. Pero a esta transgresión del recorrido invertido se ha llegado porque algunas no siempre habían querido. No deja de ser curioso que la del Martes haya sido la de más exacto cumplimiento de los horarios.

En una vuelta de tuerca tan profunda hay cofradías beneficiadas y otras perjudicadas. Entre las damnificadas, San Esteban. A pesar de que colocó a sus penitentes en filas de a tres a la salida de La Campana, se quedó atrapada en la Encarnación, totalmente comprimida, porque debió acelerar para dejar el paso expedito al Dulce Nombre de Orfila a Cuna y tenía que esperar el paso de Los Javieres. Debajo de las setas, el cortejo estaba desmembrado, sobre todo porque los más pequeños estaban extenuados por el calor. Cuando soltaron amarras, la comitiva desfiló con una sorprendente tranquilidad por un enclave tan concurrido otros años como la plaza de Pilatos.

El caminante cofrade pudo apreciar los mayores beneficios para El Dulce Nombre y La Candelaria. La salida de San Lorenzo de la primera con el sol nítido de la tarde ofreció una de esas escenas nunca vistas. Nunca lució tanto el rostro de la dolorosa. Y si hablamos de la Candelaria, ya se puede afirmar sin ninguna duda que resulta más brillante pasar por los Jardines de Murillo a las siete de la tarde que por la noche. Todo el recorrido de la Hermandad de San Nicolás ganó en belleza y emotividad. Fue, para este cronista de las esquinas, la que resultó mejor parada. El paso por la plaza del Triunfo junto a las murallas del Alcázar con la banda de la Cruz Roja tocando el Ave María de Schubert pasa al disco duro de los mejores recuerdos. Y luego, ya en la Cuesta del Rosario, cuando la sonó Candelaria, la genial obra de Manolo Marvizón, uno da casi por bueno toda la parafernalia.

Pero el día mantiene muchas de sus constantes vitales en buen estado.  El Cerro hizo una demostración de la devoción del barrio. Me volví a quedar absorto a ver a las mujeres que caminaban detrás del misterio del Cristo de Desamparo y Abandono; y petrificado me sentí al fijarme en el perfil de Nuestra Señora de los Dolores, una obra genial de Sebastián Santos.

Los Estudiantes pasaron por el Postigo de noche. Es tan inmensa la talla, derrama tanta dulzura su rostro, conmueve tanto su dolor que no importa que la veas con luz diurna o en la anochecida. Siempre brilla la Buena Muerte. Y San Benito, a lo suyo. Que no es otra que demostrar su fuerza como Hermandad y que para ellos es lo mismo desfilar de sur a norte que al revés. Me impresionó la imagen del Cristo de Las Almas de Los Javieres, que gana solera con el paso de los años. Y como fin de la jornada volví al Dulce Nombre, ya muy tarde por la Gavidia. A esas horas la ciudad estaba adormilada, en la calle solo quedaban los cabales, no había bullas ni prisas, solo el regusto de comprobar el paso de unas hermandades que derramaban su devoción para deleite de quienes en una esquina nos sentíamos orgullosos de nuestras cofradías, vengan por derecho o lo hagan la revés.


martes, 27 de marzo de 2018

Elogio y miseria de la bulla



El Lunes Santo se tomó la revancha del Domingo. En la calles hubo momentos en los que parecía más Domingo que Lunes. La gente salió a pecho descubierto a ver procesiones con la sensación de que todos querían vivir lo que el futuro puede que les niegue si se cumplen las previsiones. El dato revelador fue la enorme cantidad de carritos de bebés que atascó las calles del centro.  Y todo en la jornada resultó espléndido y lujoso, salvo la rotura de la bambalina delantera del paso de palio de Polígono de San Pablo. Fue la imagen  para la historia la del palio incompleto hasta que llegó a su templo. 

Todo lo demás fue de gozo en las calles. El mismo Polígono, que ya sacó mil nazarenos; la Redención a su salida; todo el recorrido ejemplar del Cautivo del Tiro de Línea, la mejor expresión de un barrio entregado a una  cofradía; la severidad preñada de hermosura del misterio de Santa Marta, recreado una vez más y sorprendente como si fuera la primera vez que nuestros ojos lo contemplaban;  la exuberancia de San Gonzalo con cerca de 2400 penitentes; el ascetismo y la devoción de Vera Cruz; la magnificencia del Señor de las Penas y su Virgen de los Dolores; el asentamiento definitivo de las Aguas en el Arenal, y El Museo, que con decir su nombre ya está dicho todo.

El caminante se metió en las tripas de la ciudad y sufrió el rigor de las bullas, que es algo distinto al bullicio. La bulla es una masa de gente casi inmóvil, mientras que el bullicio es mucha gente agolpada en un espacio pero con posibilidades de movilidad. La bulla forma parte de la propia Semana Santa. La masa se forma casi siempre cuando ha pasado una cofradía. Todos quieren moverse al mismo tiempo y se produce un problema físico irresoluble. En las bullas se encuentra uno metido sin saber exactamente cómo lo ha hecho, aunque lo bueno es que cuando se sale de la misma tampoco se sabe muy bien los motivos de la solución.

En el cogollo de la bulla se siente la extraña sensación de uno es culpable de haberse metido en ese monumental lío. Se tienen extrañas sensaciones, sobre todo cuando la fila en la que se avanza es mínima y la mayoría viene en sentido contrario. Se llega a pensar que se camina a contracorriente y que te has equivocado. La bulla es una perversión física. Hay más gente es un espacio determinado que el número de quienes caben en ese sitio. Otras veces avanzas sin posar los pies en el suelo. En las bullas se hacen mejores amigos que en la vida ordinaria. Con quien sufre los apretones a tu lado se entablan unas conversaciones cercanas a la intimidad que no son habituales en nuestro devenir por la ciudad. Y en las bullas hay situaciones inolvidables.

Ayer, Lunes Santo en Sevilla, me sentí prisionero de dos bullas enormes. La primera fue en la calle Alfonso XII tras haber presenciado el discurrir de Santa Marta por el Duque. Más de media hora para salir de un embrollo monumental. La otra bulla de la que salí indemne de milagro fue en la Puerta del Arenal tras el paso del misterio de las Aguas. Tres situaciones de congojo me atemorizaron. En una masa informe de gente sin rumbo, de pronto aparecieron varios carritos con bebés en su interior. Las madres miraban asustadas a su alrededor, pero por fortuna los niños iban dormidos por increíble que parezca. En la misma bulla había varios señores que sobrepasaban los ochenta años que sorteaban los empellones de manera estoica. Me asaltó un sentimiento de misericordia extrema. Y, finalmente, lo que nunca falta. El joven moderno que avanza a empujones por la bulla agarrando y rodeando con los  brazos a su novia. Si osas oponerte a su avance te mira con ganas de fulminarte. Los brazos del macho defensor de la hembra se clavan en los costados de todo el que se roza con ellos. No hay nada más agresivo que la mirada del celoso defensor de su hembra en una bulla. Dan pánico y no son pocos.

En fin, que el Lunes Santo fue para el caminante un día muy bueno aunque perdí cerca de una hora en las aglomeraciones que asolaron algunos puntos del centro. Está claro que el culpable de sufrir una bulla es uno mismo, que ya a estas alturas debería tener las suficientes luces sevillanas para evitar estos conflictos. Sin embargo, el que no se haya metido en una bulla que levante la mano.
Pero hubo más que bullas. Mis ojos volvieron a presenciar el culmen de la armonía y el realismo del misterio de Santa Marta. Los tocados blancos como la nieve de Nuestra señora de las Penas y Santa Marta son imágenes fugaces del mejor Lunes Santo. Me alegré de contemplar el paso por Arfe de las Aguas y la Virgen de Guadalupe. Volví a recrearme con el paso de Santa Genoveva por la plaza de Contratación, donde la banda del Carmen de Salteras se entregó como nunca tras Nuestra Señora de las Mercedes. En la salida de las Penas reviví los mejores años de mi juventud, para finalmente buscar y encontrar al Museo en plenitud. A las dos de la madrugada cruzó el Puente de Triana la Virgen de la Salud de San Gonzalo. ¡Había mucha gente! Es el poder de esta cofradía del barrio León, creciente  y pujante. Ha pasado mucho tiempo, pero siempre recordaré cómo en tiempos era una hermandad de pocos hermanos, que pasaba bajo el prodigioso balcón de Pastor y Landero casi de manera virtual. Ahora San Gonzalo provoca bullas. Si me lee y no es sevillano, lo siento, pero no hay una información que le permita huir de ellas. Hasta un experto en el callejeo cofrade cayó ayer en dos de ellas de las que pude salir ileso de puro milagro.

Domingo de Ramos de frío, retrasos y Amor



El sol venció a la lluvia. Todas las Hermandades del Domingo de Ramos pudieron hacer su estación de penitencia a la Catedral. Dejó de llover a las dos de la tarde pero llegó el frío y el viento, invitados molestos que provocaron deserciones ya en la madrugada del lunes. Resultó una jornada espléndida que solo se manchó por los retrasos acumulados. El paso de la Virgen del Socorro asomó  a la Plaza del Salvador cuando el reloj se acercaba a las once de la noche. La plaza estrenaba iluminación atenuada, algo que le confirió un aspecto más íntimo, cercano a lo que serían las procesiones en el siglo XIX. La Virgen del Socorro tiene un paso señorial, elegante y sevillano. Siempre admiro los candelabros de cola de este palio. Tienen algo muy cercano esos candelabros, verdadera joya del taller de Seco. En la jornada dominical hubo otros candelabros de calidad: los de la Virgen de la Paz.

La cofradía del Porvenir retrasó su salida una hora. Para llegar a tiempo a La Campana acortó su camino en un esfuerzo notable. La ingente cantidad de nazarenos que acompañan a Nuestro Padre Jesús de la Victoria y a la Virgen de la Paz desfilaron de forma modélica. A su hora pidió la venia en el palquillo Carlota Laguillo, hermana de La Borriquita. También a su hora salió la de Jesús Despojado, que en la vuelta de Zaragoza a San Pablo, sol bajando por poniente, vivió un momento cumbre cuando la Agrupación Virgen de los Reyes tocó Caridad del Guadalquivir en la versión para pasos de misterio. Fue explosiva la reacción popular. La misma cofradía fue protagonista en su vuelta por las calles del barrio del Arenal. María Santísima de los Dolores y Misericordia apareció por Toneleros con el fervor de una masa que atestó el enclave.

La Estrella sacó a la calle más de dos mil nazarenos. Su paso por cualquier rincón de su itinerario es una manifestación inolvidable de Triana en Sevilla. No hay un lugar tranquilo para extasiarse con la belleza de la dolorosa. En la puerta del Baratillo había público esperando tres horas antes de su paso por delante de la capilla. La calle Adriano es insuficiente para la inmensa masa que la atasca para ser testigos de la miles de mecidas, idas y venidas, en el saludo de los pasos trianeros a los de la hermandad baratillera. La Oliva de Salteras consumió medio repertorio en el encuentro. 

Por Correduría, la Hiniesta se siente sueña y señora del territorio. Es lo que les ocurre a la mayoría de hermandades que llegan desde los barrios. Delante de la Señora que se engalana con el azul y la plata desfilan los políticos municipales. La gente no se muestra muy partidaria de las autoridades, que intentan esbozar una leve sonrisa que nunca rompe del todo. Las elecciones municipales están a la vuelta y allí todos se ponen guapos para la foto. Gana la Hiniesta y lo bordó El Carmen, también de Salteras, capital musical de la Semana Santa de Sevilla. Un hijo del pueblo se jugaba la vida en Las Ventas a esas horas; las dos bandas saltereñas movían los palios de la Estrella y la Hiniesta por las calles de Sevilla.

En un balcón de la calle Feria, ayudado por su familia, se acercó a la baranda un hombre mayor. Con el pijama como vestimenta, en prueba se su inmovilidad de los años encima, el señor musitó una oración al paso de la Amargura. Cada rincón de Sevilla nos presenta un detalle distinto. Ese anciano fue feliz durante unos minutos cerca de la Virgen de San Juan de la Palma. Más adelante sonó Amarguras, el himno de la Semana Santa sevillana. Y también Soleá dame la mano, la marcha que reúne a la Amargura y a la Esperanza de Triana, que cumple cien años en estas fechas.

Todo en la Semana Santa sevillana tiene su motivo. Nada se escapa a los cofrades. Los costaleros de la Buena Muerte de la Hiniesta se acordaron del niño Gabriel en una ‘levantá’ que casi llevó al crucificado al cielo donde el chaval del Cabo de Gata es testigo privilegiado del desfile de todas las procesiones.

El frío apretó las prendas a los cuerpos cuando la medianoche se hizo presente. Las apreturas se diluyeron y los incansables pudieron acercarse la entrada de San Roque o volver a El Salvador de luces mínimas para ser testigos del fin de su desfile del Cristo del Amor, centro y epilogo de la jornada. Pronto llegan los crucificados a las calles de Sevilla. A primera hora de la tarde, Jesús entraba en triunfo en Jerusalén con cientos de niños a su lado. Al final del mismo día, Jesús triunfaba derramando Amor en la cruz. No me creo eso de que los ateos vivan con intensidad la Semana Santa. Quien no asuma ese Amor que sale del Salvador como el fundamento de estos días, estará de fiesta en las calles, vivirá emociones terrenales y heterodoxias, creerá como muchos que los cristianos sacamos en estas fecha a esculturas de madera a la calle, pero esa no es la esencia de estas celebraciones. Toda esa farándula es necesaria, pero es solo el envoltorio lúdico de estas fechas. Los cimientos son otros. Y Amor nos hace falta a todos.  

viernes, 14 de abril de 2017

La gran Victoria del Jueves

El Jueves Santo es un día de esplendor en Sevilla. Salen cofradías históricas de la ciudad, como Los Negritos, La Exaltación, Montesión, El Valle, La Quinta Angustia, Pasión, todas ellas cargadas de historia, que acumulan varios siglos como Hermandades de penitencia, que poseen imágenes señeras de nuestra Semana Santa, pero el Jueves es el día de la Victoria. Además de todo lo señalado, que es mucho y hermoso, por Sevilla se pasea la Virgen de la Victoria, que es la dolorosa más hermosa que existe, la que llora sin consuelo, la que nos acoge con su gesto maternal bajo el palio, la que camina en el altar más sevillano que pudiera existir, la reina de reyes, la devoción de las Cigarreras, la que ya está coronada por el amor de sus hermanos, la que todos los Jueves del Amor Fraterno nos llega desde su capilla para gritar que no hay dolorosa más bella, que se puede llorar y consolar al mismo tiempo, que es la Victoria, la gran reina que nos embelesa con solo mirarla, la que nos conmueve y nos paraliza cuando por la calle Temprado avanza con señorío y grandeza camino de la Santa Iglesia Catedral.

De nuevo el calor se apoderó de la salida de la cofradía desde su actual ubicación en Los Remedios. No lleva muchos nazarenos, es algo que no se entiende. ¿No queda sensibilidad en ese barrio? ¿De qué Hermandad son los que viven en Los Remedios? Tienen allí muy cerca de ellos a la más hermosa, pero parece que no se han percatado. Desde su asiento inhóspito se viene al centro para que los fieles se estremezcan a su llegada. Le acompaña todo, la nueva peana, la saya, el palio de cajón tan sevillano, el manto, pero nada sería lo mismo si no fuera la Victoria.

Ante la Caridad se produjo otro de los momentos íntimos de la Semana Santa. Salió de la casa el cantaor Jesús Heredia, una vida a sus espaldas, para cantarle unas letras improvisadas, dichas con el temblor de una voz cansada de vivir, pero con algunos requiebros de flamenco del mejor estilo de quien fue gente en su día. Saeta de corazón más que garganta, saeta como oración para la Victoria. saeta de un flamenco de más de ochenta años para sentirse joven y afortunado.

Hay quien dice que mejor así, que no haya tumultos al su alrededor, que no se enteren las masas de su salida en procesión, porque si se enteran será imposible presenciarla con la tranquilidad que domina cuando ya ha pasado el puente de San Telmo para meterse en Temprado, el Postigo, Arfe, Gamazo y ese entramado de calles que parece que fueron diseñadas para que por ellas pasearan cofradías en Sevilla. Había pasado el señor de Buiza atado a la columna, ennegrecido de color carbón, romanos sin plumas blancas, música gloriosa de las Cigarreras, estación de respeto ante Las Aguas y todo el mundo mirando a la Torre de la Plata para comprobar que aún quedaba la Victoria. No sé si hay que coronarla, ya lo está, porque ese detalle ha perdido sentido en esta Sevilla de los desmadres, pero si el día que se le ponga la corona se la pasea por las calles, será un día de gozo pleno para quienes estamos prendados de esa cara única que es la de la gran Victoria del Jueves.

El paseante fue a ver a Los Negritos de nuevo en la plaza de Pilatos, porque no vive el Jueves sin la música de capilla en ese enclave, se acercó a ver el paso de los caballos de la Exaltación, vivió la salida de la Quinta Angustia en una plaza con los árboles crecidos hasta el cielo y enturbiar la visión del misterio que se mueve y conmueve, le dio tiempo a ver a la Virgen del Rosario, se emocionó al escuchar a la banda de Tejera tocando Virgen del Valle tras el palio y rezó ante Pasión. El Jueves fue de plenitud, pero al final volvió a quedar la imagen fina, delicada y señorial de la reina de Jueves Santo, la Victoria.


jueves, 13 de abril de 2017

Miércoles Santo de cofradías toreras


Pasan los días de la Semana Santa y se habla de aforamiento y seguridad. Se le están colocando vallas al campo de la Semana Santa, algo que ha conseguido la insólita queja de la Hermandad de la Amargura, que ha emitido un comunicado que finaliza con esta frase: “El aforamiento desmedido que vació calles como Francos, Alcázares o Santa Ángela de la Cruz a nuestro paso, supone una merma en nuestro testimonio público de fe”. Los días de los gozos en la calle, las fechas en los que los sevillanos – y todos los que visitan la ciudad – deberían sentir que están en la gloria, ahora son días de prohibiciones. Como imagen nueva, las aceras se han llenado de miles de sillitas de chinos y de hamacas de playa, en lo supone un grado más de la invasión del espacio público que tiene como consecuencia la imposibilidad para moverse por las calles. Así están las cosas en Sevilla y todo bajo un calor de verano insufrible.

El Miércoles Santo tiene epicentros notables. La salida de la Hermandad de la Sed en el barrio de Nervión es siempre un motivo para la nostalgia de los que pasamos ya de los cincuenta. En los años setenta del pasado siglo, la Hermandad salía el Viernes de Dolores en una estación recortada por el barrio con una parada que era punto de encuentro de los cofrades: el hospital de San Juan de Dios. Desde 1979 la cofradía llega a la Catedral en una larga y sufrida penitencia, realizada con fervor y ejemplaridad. La cita con el hospital no deja de ser emotiva. El Cristo de la Sed de Álvarez Duarte tiene la piel oscura del paso del tiempo, pero sigue pidiendo agua a su paso; agua que encuentra en los ojos azules, inmensos y profundos, de la Virgen de Consolación.

Pero si hay que algo marca esta jornada es la salida de las dos hermandades toreras de Sevilla: San Bernardo y El Baratillo. Si una es la de los espadas míticos del barrio, la del Arenal no se queda atrás por su nómina de toreros y su cercanía al coso maestrante. Los nazarenos del Baratillo forman sus filas sobre el albero de la plaza y salen con albero pegado a sus suelas.  

La cercanía del Matadero de Sevilla a la Hermandad de San Bernardo fue el motivo de que muchos toreros fueran hermanos de la cofradía, como Costillares y Cúchares, que murió siendo Hermano Mayor y está enterrado bajo el altar del Santísimo Cristo de la Salud. También, en el siglo XIX, el legendario Antonio Sánchez ‘El Tato’ fue Hermano Mayor de la hermandad. Además, en su nómina figuraron Pepete, Manuel y Pepe Bienvenida, Diego Puerta y la saga de los Vázquez.  Pepe Luis salió de nazareno muchos años. Manolo fue Hermano Mayor y le regaló a la Virgen del Refugio el traje de su alternativa con el que se le confeccionó una saya de color blanco que volvió a lucir en la tarde del Miércoles Santo en su salida procesional.

El Baratillo estrenó en 2002 un llamador labrado por Marmolejo en el que dos ángeles  sujetan un capote de paseo que tiene grabado en su centro la insignia de la Hermandad. El ángel de la derecha lleva colocada una montera. Al Baratillo perteneció Pepe Hillo, quien donó el 17 de abril de 1774 la imagen del Patriarca Bendito Señor San José, que se venera en la capilla y es titular de esta Hermandad.  El Baratillo y la Maestranza están hermanados desde 1992 de forma oficial. De ahí que uno de los guiones que salen en el cortejo corresponda a la Real Maestranza.

Quienes pisan por primera vez el albero de la plaza son los nazarenos del Baratillo, la de los ángeles toreros. En las vidrieras de la capilla no se pierde ningún detalle el ángel Pedrito, que sigue allí y comprueba la entereza de sus padres, ambos fieles a la Hermandad de la Misericordia, la Piedad y la Caridad. Me decía un torero en activo vestido de nazareno que este año hay otro angelito en el ruedo celestial, el niño Adrián de Valencia, que ahora torea a gusto con los grandes maestros.

Por la noche, cuando el cortejo volvía a la capilla, junto a las murallas del Alcázar se vivió de nuevo el que es uno de los grandes momentos de la Semana Santa. El palio de la Caridad reviró a los sones de La Madrugá, la sinfonía de Abel Moreno, en una vuelta interminable, mientras la banda del Carmen de Salteras sonaba de forma sobrenatural. Sevilla en estos días es una suma de instantes que se repiten todos los años. Y que no nos falten nunca. 

El Buen Fin pasa por la plaza de San Lorenzo con sus nazarenos de hábitos franciscanos. Pasa por delante de la basílica del Gran Poder y los pasos saludan al Señor de Sevilla. Por la calle Trajano pasó el misterio impresionante de la Lanzada, con Longinos con el arma dispuesta. Ese paso sigue causando un fuerte impacto cuando avanza por las calles. El manto de la Virgen del Buen Fin era una cesión generosa de San Esteban, porque el de la cofradía ha sufrido desperfectos en el taller de reparaciones.

El Miércoles Santo es un día de crucificados, como el del Cristo de Burgos, que salió con cierta polémica por el cambio de ubicación de los puestos ambulantes. La Hermandad emitió un comunicado con cierta dureza. Parece que este año se impone la comunicación y la contrariedad en muchas corporaciones. La tarde había comenzado en la calle Feria con la salida del Carmen Doloroso y tuvo su epílogo feliz en el discurrir de las Siete Palabras y los Panaderos. El misterio del Prendimiento de la Hermandad panadera volvió a mecerse como una pluma por las calles de Sevilla.

Miércoles de gozo con ese detalle de las dos cofradías toreras en las calles. En el cielo se montó un festival de matadores y los angelitos estuvieron en todo momento al quite.   

miércoles, 12 de abril de 2017

Clasicismo en San Lorenzo


El parque temático era un horno. Los encargados de la seguridad le han puesto vallas al campo de la Semana Santa. Se ha hablado de la calle Alcázares y poco de otros puntos a los que no se puede acceder cuando una cofradía aún no ha llegado. Es una ataque a la línea de flotación de la Semana Santa, que siempre se caracterizó por la movilidad para poder presenciar diferentes escenas, la mayoría que el cuerpo sea capaz de aguantar en jornadas tan calurosas. El camino se hace insufrible porque las aceras están colapsadas por las sillitas de los chinos. Se cree uno que se puede pasar por una acera porque parecen liberadas, pero no es así, ya que lo que pasa es que miles de sillitas soportan las anatomías de quienes esperan la llegada de los cortejos. Este año hay un paso más: la sillita de playa en la calle. Ayer, en el enclave de Javier Laso de la Vega había decenas de sillas de playa, donde señoras orondas parecían dormir la siesta. Es decir, que esto ha cambiado, la caminata del cofrade es una carrera de obstáculos y encima no te dejan llegar a determinados lugares porque la seguridad es lo primero. Bien está lo de la Seguridad, pero, hombre, que nos vamos a cargar el invento con tanta seguridad.

De tal forma que no quedó otra solución en el Martes Santo que buscar lugares de cierta tranquilidad para entresacar la mayores emociones. Y miren por dónde, por Laraña llegaba San Esteban, delante de la Anunciación, donde hace un año debió refugiarse por culpa de la lluvia. Y sonó Virgen del Valle, glorioso momento, casi desapercibido por los ocupantes de las sillas playeras, pero que nos indica que todavía quedan Hermandades con sensibilidad.

Me apetecía ver El Cerro por la plaza del Triunfo, cerca del Alcázar, y puedo asegurar que me sorprendió. Se mantenían las filas de nazarenos bien formadas, no había huida masiva a bares ni hermanos tirados por las aceras. El barrio y su cofradía dieron un nuevo ejemplo de amor a sus titulares, también de humildad en ese horario. Cuando al Cerro no le llueve, se muere de calor. La Virgen de los Dolores Coronada reinó en los corazones de sus hermanos.

La salida del Dulce Nombre fue otro momento de esos que año tras año se mantienen como imperturbables. La plaza de San Lorenzo es amplia, permite que acudan las familias con los carritos de los niños, ahora ya sin sillitas de chino, para presenciar simplemente la categoría cofrade en su más mejor expresión. El paso de misterio salió de forma espectacular, tremenda la banda de las Cigarreras y su Señor de Sevilla, cuando Nuestra Padre Jesús ante Anás giraba para saludar al Gran Poder. La cuadrilla que mandaba Manuel Gallego meció con finura y elegancia al paso de La Bofetá. Todavía quedaba la intensa emoción de la salida de la Virgen guapa de la saya rosa del Dulce Nombre y la banda de la Oliva de Salteras tocando como si fuera su última salida en esta Semana Santa. Esta emoción de San Lorenzo en Martes Santo nos reconcilió con tanto desmadre en las calles, era posible una Semana Santa emotiva e íntima a pesar de la multitud que se agolpaba en San Lorenzo.

Aún quedó tiempo para alcanzar al Cristo de la Buena Muerte y Santa Cruz. La Semana Santa cambia a partir de la diez de la noche. Las tropas de zangolotinos se han recogido o andan consumiendo, y de esta forma se van quedando los clásicos. Ayer decía alguien en algún lado que lo clásico es retrógrado, que solo lo moderno es progresista. Así estamos, en manos de pensadores absurdos que no saben que no hay nada más auténtico que conservar lo bueno de toda la vida.    

martes, 11 de abril de 2017

Músicas de Salteras

La Hermandad del Polígono estaba desecha en Placentinas por los estragos del calor. No parece lógico resaltar determinadas actitudes cuando el cortejo había comenzado la estación de penitencia al mediodía y a las seis de la tarde aún tenían por delante un largo y sofocante camino. Todos sufrían; nazarenos, costaleros, músicos, acólitos, padres y los niños, que se derrumbaron en la Plaza del Salvador totalmente desmadejados. Sin embargo, una cosa es la comprensión del sufrimiento y otra la visión de escenas con un grupo de nazarenos tirados sobre el asfalto en busca de agua y comida. El esfuerzo de la cofradía es de nuevo para aplaudir. Solo les falta que se cuiden algunos detalles.

En la tarde del Lunes Santo había una cita que no podían perderse los más fieles a las procesiones sevillanas. La Virgen de Guadalupe, la niña de Álvarez Duarte, salió vestida de hebrea a los cincuenta años de su bendición. No les ha gustado la idea a muchos, según los comentarios que pude escuchar, pero Guadalupe iba bellísima, reluciente, espléndida, con la diadema, la saya lisa y el fajín clásico que modeló Rodríguez Ojeda. La de Guadalupe se mantenía en Cuaresma. Me pareció, por una vez, algo maravilloso.

Pero para el paseante fue una tarde de músicas. A la salida de la Catedral, enfilando la plaza de la Contratación, caminó el Cautivo del Tiro de Línea, siempre señorial, digno en su soledad, pero con las mujeres del barrio siempre a su estela bendita para que nunca sintiera el desconsuelo. Y con la Virgen de las Mercedes, la banda del Carmen de Salteras. Parece imposible que una banda pueda superarse cada año. Junto a las murallas del Alcázar sonó Cristo en la Alcazaba. No hay mejor lugar para esta marcha. Gracias a Santa Genoveva porque es un detalle enorme tocar esta marcha cerca de Santa Cruz y la Semana Santa ya se nos va quedando para gozar de estos momentos, quizás pequeños, pero que provocan un ligero estremecimiento en los sentidos. La Semana Santa es una suma de sentimientos. Qué marcha, qué banda y qué momento. Tras la banda caminaba Francisco Javier Gutiérrez Juan, el director de la Banda Municipal de Sevilla. Dos hijos del gran maestro componen la nómina del Carmen de Salteras. Ya en Contratación fue Macarena de Cebrián quien le puso la nota de emoción definitiva a la tarde.

Pero es Salteras y monta tanto la del Carmen como la de la Oliva. Detrás de la Virgen de las Aguas del Museo volvió a dejar una muestra de su tremenda calidad en el clásico Virgen de las Aguas y en un memorable Como tú ninguna cuando el paso ya enfilaba la calle Sierpes.

Si le añaden a la multitudinaria hermandad de San Gonzalo por Adriano ante el Baratillo, el paseo de Vera Cruz por la Cuesta del Rosario, la Redención ya en su barrio y las Penas por Cuna, se puede decir que fue un Lunes Santo para el recuerdo de este paseante. Seguro que si me lee, usted también vivió ayer un día especial. En el rincón de mis vivencias imborrables quedarán las enormes bandas de Salteras haciendo grande a la Semana Santa de Sevilla. 

lunes, 10 de abril de 2017

La religiosidad popular toma la ciudad


La Semana Santa de Sevilla es el gran acontecimiento religioso de la capital de Andalucía. La colosal representación sobre el escenario de una ciudad volcada en sus cofradías ha sido objeto de estudio desde muy distintos ángulos, lo cual ha generado una multitud de opiniones contrapuestas. La realidad es que desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección, Sevilla es una ciudad transformada que vive con auténtica pasión los acontecimientos que se desarrollan en sus calles. La de Sevilla es el prototipo de la Semana Santa de Andalucía, en clara contraposición a la austeridad y el recogimiento de otras celebraciones donde los desfiles y el comportamiento del pueblo son muy diferentes.

La Semana Santa de Sevilla se puede analizar desde la frialdad de los números. Con esa visión objetiva, el fenómeno de estos días puede quedar reducido a una fiesta donde a su reclamo se disparan múltiples economías, algo que en estos tiempos se recibe como un maná del cielo. Sin embargo, no conviene perder de vista que se trata de una celebración religiosa de la Iglesia católica, y que su origen y desarrollo posterior ha estado unido a la fe de un pueblo. Este aspecto es muy controvertido. El sevillano vive con fervor su Semana Santa mientras que su participación en los cultos religiosos durante el resto del año es muy escasa. De esta forma, el 70% de la población de Sevilla y su provincia se declaran católicos, aunque solo el 25% acuden a la misa dominical, un precepto que deben cumplir los creyentes.

Los cortejos procesionales reúnen a casi 70.000 personas, entre nazarenos, costaleros, servidores y músicos. El aumento ha sido muy considerable en los últimos años. Se ha tratado de explicar con la irrupción de la mujer en la filas de penitentes, el crecimiento de las bandas  de música y a la propia explosión popular de los desfiles procesionales. Sevilla se convierte en el escenario de una impresionante manifestación en torno a las cofradías, donde son tan relevantes los que desfilan en los cortejos como los que presencian las procesiones en las calles.

Las Hermandades sevillanas, de origen devocional, fundadas muchas de ellas en conventos, otras muchas asociadas a gremios, se nutren en la actualidad de hermanos que llegan bien por tradición familiar o por el fervor a algunas corporaciones de barrio que han subido su nómina de manera sorprendente. Han crecido las hermandades de barrio, como San Benito, la Redención o San Gonzalo, se mantienen las clásicas del centro. Hay una Semana Santa clásica, tal vez más íntima y recogida, y otra más popular.

Economía

La Semana Santa sevillana son los pasos en las calle y quienes abarrotan todos los rincones de la ciudad en busca de emociones. La misma Carrera Oficial, que es el trayecto que comienza en La Campana y finaliza en la Catedral, se puebla de sillas que se disputan con ardor. Estas sillas, controladas por el Consejo de Hermandades y Cofradías, se venden y se revenden a precios cada año más elevados. Este año se ha conocido un nuevo ardid en busca de dinero en el alquiler ilegal de balcones en la calle Sierpes. Es un reclamo turístico de primer orden. Se ha valorado en 300 millones de euros en impacto económico de la Semana Santa en la ciudad.  

El pregonero de este año, el periodista Alberto García Reyes, matizó de manera enérgica que la Semana Santa es una manifestación religiosa y que nada tiene sentido si no se antepone por delante que es el mismo Dios quien se pasea por las calles. Así fue durante muchos años desde sus orígenes, pero la realidad es que se viven tiempos de una explosión que se ha alejado de la esencia. A esta manifestación de fervor cofrade se la llama religiosidad popular, en la el pueblo se lanza a la calle para vitorear a sus imágenes, en la que las Hermandades intentan por todos los medios reunir  al máximo número de espectadores en los rincones claves, en los que la masa toma la calle para gritarle a su Virgen adorada que es la más guapa del mundo. La Iglesia católica observa y calla, porque es mejor esa religiosidad popular que nada.

El crecimiento es desorbitado en todos los sentidos. Ha aumentado el número de nazarenos de cada Hermandad, de tal manera que se considera que es excesivo el tiempo de paso de cada cofradía. Se ha querido poner numerus clausus pero es una medida que la mayoría rechaza por impopular. Algunas cofradías ordenan sus tramos con tres hermanos por fila para reducir el tiempo de paso por la carrera oficial.  

Hay más gente en las calles que nunca. Se espera la Semana Santa para lanzase a ver pasos en los lugares más típicos, la masa espera los cortejos y se han popularizado las sillitas para sentarse a la espera de los pasos.

La nómina de Hermandades sube sin que sea posible admitir en los días oficiales a nuevas corporaciones. Así se han creado las Vísperas, que ya el Viernes de Dolores y el Sábado de Pasión pusieron en la calle a diez cofradías con 17 pasos, además de dos Agrupaciones. Son Hermandades relativamente jóvenes, que aspiran a poder estar en la nómina de las que acuden a la Catedral, pero que de momento se limitan a una procesión por la cercanía de su Iglesia de residencia. Estas Hermandades de vísperas suelen residir en barrios muy alejados del centro, lo que casi imposibilita una estación de penitencia al centro de la ciudad. Estas Hermandades, ejemplo de fervor y pasión cofrade,  llegan desde barrios como Pino Montano, Bellavista, Palmete, San Jerónimo o Torreblanca. No tienen nada que envidiarle a las demás, tal vez incluso su labor cristiana en bolsas de caridad y ayuda a los necesitados sea más encomiable, pero ahí están con el sueño de poder incorporarse algún día al núcleo duro de la Semana Santa, como ya lograron otras que realizan una estación de más de doce horas al salir desde El Polígono de San Pablo, El Tiro de Línea o El Cerro del Águila en estaciones admirables por el esfuerzo de sus hermanos.

Fanatismo

En esta eclosión de religiosidad popular conviven múltiples facetas. Es evidente que la Semana Santa sevillana sigue sustentada en la fe religiosa de un pueblo, manifestada muchas veces con fervor y recogimiento, mientras que otras veces se dispara de forma exagerada, hasta el punto de que los mismos que el resto del año viven de espaldas a los cultos, en los días de la Semana Santa se convierten en ‘hinchas apasionados’ de sus Hermandades. Así se viven expresiones de difícil explicación y cercanas al fanatismo que acercan, por desgracia, a los seguidores de algunas cofradías a los hinchas más acérrimos de los equipos de fútbol. Todo ello convive con una legión de jóvenes que utilizan estos días para estar en la calle. Toda la efervescencia cofrade tiene su mayor expresión en la Madrugada, una noche en la que muchos sevillanos ya no se atreven a salir a la calle porque se han producido situaciones de terror colectivo, que no han sido nunca convenientemente explicadas, pero que han desvirtuado la noche, e incluso se habla del ‘problema’ de la Madrugada.

Con estos condimentos, la Semana Santa vive momentos de crecimiento en todos los órdenes. Existe una industria cofrade que se mantiene vigente durante todo el año, de forma que han surgido industrias, páginas web, blogueros y todo tipo de personajes que mantienen el espíritu cofrade vivo durante los 365 días del año. Esta realidad llega a términos extremos en la figuras de lo que se ha dado en llamar el ‘frikicofrade’, que es un paso más avanzado de lo que siempre fue considerado en Sevilla como el capillita. En definitiva, la Semana Santa se vive en la calle durante 10 días, pero se mantiene con aliento pujante durante el resto del año.

Al predominio de lo insustancial sobre lo fundamental han contribuido las mismas Hermandades, que han buscado su minuto de gloria en la entrada en La Campana, cuando el motivo de su salida procesional es hacer estación de penitencia en la Catedral. Muchas cofradías salen a lucirse en La Campana, donde ante las cámaras de televisión echan el resto para ser las más llamativas, buscar el aplauso popular, ya por la forma de llevar los pasos por parte de los costaleros, ya por el acompañamiento musical exuberante. Naturalmente, este potencial religioso, económico y social es una fuente de discordia entre los distintos poderes, aunque el intento de influir en las cofradías es manifiesto en el poder religioso y el político. La Iglesia trata de mantener en orden el universo cofrade con determinadas actitudes y recomendaciones que muchas veces no son bien recibidas en las Hermandades. El vivero religioso es muy intenso y la autoridad religiosa no quiere perder el control de lo que en definitiva es una expresión pública de la fe de un colectivo. Del poder político, tres cuartos de lo mismo. Siempre ha tratado de ordenar lo que fluye con naturalidad de manera espontánea. A la Semana Santa de Sevilla no se le pueden poner cerrojos, pero de un tiempo a esta parte todo son ordenanzas y prohibiciones que al final le restan su verdadera esencia popular. Todo se ha justificado en aras de la seguridad, aunque muchos sevillanos no comulgan con estas premisas.
La vida interior de las Hermandades es desconocida por la mayoría, que solo se acuerdan de ellas en estas fechas. La realidad es que la labor social de las Hermandades sevillanas es intensa. Se podrían poner ejemplos variados, pero baste con señalar la labor de la Hermandad del Buen Fin con su Centro de Estimulación Precoz.

Domingo de Ramos

De esta forma, aparece en el calendario el Domingo de Ramos, posiblemente el día más sevillano del año, en competencia con el día del Corpus y con el 15 de agosto, que ha perdido fuelle con el éxodo a las playas. Domingo de Ramos es sinónimo de alegría, expectación y júbilo. Era el día para estrenar indumentaria, para cantar la visión alegre del primer capirote de año, para meterse en las bullas, una situación clásica de estos días y que en otro lugar podría provocar el pánico pero que el sevillano controla con sabiduría.

Es el día para volver a la emoción de las procesiones en la calle desde las primeras horas de la tarde. La nómina de la jornada es variopinta, ya se sabe que en Sevilla no hay concordancia entre los que se representa en los pasos y el día de la semana. En este Domingo de Ramos salen nazarenos y crucificados a la calle cuando a tenor de la fecha solo podría realizar la estación de penitencia la Sagrada Entrada en Jerusalén, que en Sevilla se llama La Borriquita. Esta Hermandad consta de tres pasos, el primero ellos que sale en solitario a primeras horas de la tarde, está considerada como una cantera de los nazarenos de la ciudad, ya que suelen salir infinidad de niños acompañados por los padres. Los progenitores también tienen su penitencia procesional en las Hermandades en las que los niños son los protagonistas. En la misma Hermandad, saliendo ya por la noche de la basílica del Salvador, cierra la jornada el portentoso crucificado del Cristo de Amor, obra de Juan de Mesa, al que sigue la Virgen del Socorro.

Es el día de Jesús Despojado, que sale de la céntrica capilla del Mayor Dolor, una cofradía renovada tras un pasado lleno de incertidumbres. Tal vez la cofradía más luminosa de la jornada sea la de La Paz, que viene del barrio del Porvenir y atraviesa en el recorrido hacia la carrera Oficial al Parque de María Luisa, un lugar en el que se funden en forma de crisol bellezas como la misma Virgen de La Paz, el resplandor de su orfebrería y la blancura inmaculada de sus enseres. La Paz figura entre las primeras imágenes que los cofrades sevillanos guardan en lo más íntimo de sus recuerdos.

La Hermandad de la Cena saca tres pasos con el principal de la Sagrada Cena, donde el portentoso apostolado de Ortega Bru brilla con luz propia. Cofradía de barrio es la Hiniesta, que es virgen de penitencia bajo palio, azul y plata, que además es, en su imagen gótica, la patrona de la corporación municipal sevillana. Sigue San Roque con su nazareno y su Virgen de Gracia y Esperanza, que tiene en su vuelta a la iglesia parroquial un momento único cuando el palio pasa por Caballerizas, uno de esos enclaves donde se rompen todas las leyes de la física, algo que casi solo ocurre en las calles de Sevilla con los pasos en Semana Santa.

Salen en el Domingo de Ramos dos imágenes marianas de gran valor y de intenso fervor: La Estrella, que es la primera de Triana, y la Amargura, que sale de San Juan de la Palma, donde el centro limita con la calle Feria. Triana en Semana Santa es más Triana que nunca. La Virgen de la Estrella es una dolorosa perfecta que habla con sus manos. A esta Hermandad le acompaña siempre la historia de su salida procesional en 1932, la única que lo hizo en aquel año de la República, motivo por el que se le llama en algunos ámbitos como La Valiente. El paso del tiempo ha dado paso a la realidad de una cofradía en auge, espléndida en la imagen de Nuestro Padre Jesús de Las Penas y en la excelencia de la Estrella. La cofradía de la Amargura, reconocida como El Silencio Blanco, es otra imagen del siglo XVII surgida, como la Estrella, del taller de Roldán. Es una cofradía selecta, para exquisitos, con un palio rematado y la Virgen de la Amargura, la primera que fue coronada en Sevilla

La noche acaba con el Cristo del Amor, una representación de Juan de Mesa en sus primeros años, que es toda una declaración de la fuerza de la imagen aplicada a los sentimientos religiosos. Cuando el Domingo de Ramos finaliza con la entrada de las que regresan a  sus templos a altas horas de la madrugada, la Semana Santa de Sevilla no ha hecho más que comenzar, aunque para el sevillano cofrade todo parezca que ya se está acabando. Todo el año esperando solo para una semana.     

miércoles, 22 de marzo de 2017

Pepe Luis Vázquez, torero de culto


De la estirpe de Joselito El Gallo, Chicuelo y Belmonte, considerado uno de los diez toreros más importantes de la historia, Pepe Luis Vázquez alternó en 120 corridas con Manolete y ahora los críticos Carlos Crivell y Antonio Lorca "resucitan" una personalidad única en el mundo del toro.
"Pepe Luis Vázquez, torero de culto" (El Paseo) es, en palabras de Lorca, "un homenaje a uno de los grandes toreros de la historia; la reivindicación humana y taurina de un personaje capital que, por carácter sencillo y humilde y por su decisión de apartarse del mundo y de los homenajes, vio mermada su aureola de gran figura".
"Se dice que nació torero, 'estudió' la carrera 'por libre' en los oscuros pasillos del matadero, triunfó siendo casi un niño, sacó adelante a sus padres y hermanos, se retiró con 32 años, se casó, después, con una joven de buena familia, tuvo siete hijos, olvidó el traje de luces, se encerró en el campo, se olvidó de honores y fue un hombre feliz entre los suyos", ha enumerado Lorca en relación con esta biografía, que no se detiene en 'el torer
o' y dedica capítulo propio 'al hombre'.
Nacido en 1921 en el sevillano barrio de San Bernardo, "Pepe Luis fue un personaje original, un artista y un hombre íntegro y cabal, de los pocos que, de vez en cuando, aparecen por la vida; de exquisita educación, de esos que no hablan por no molestar, de pocas palabras, de gran vida interior, reflexivo y sentencioso".
Lorca ha añadido que fue "amante de la poesía y amigo de pintores, escritores y músicos; disfrutaba con los hermanos Machado y Alberti, le encantaban Mozart y Schubert, se relacionó con Zuloaga, Bergamín y José María Cossío, y el maestro Joaquín Rodrigo, entre otros".
"Fue feliz en el silencio y la soledad; su viuda dice que fue un hombre del campo, y humilde hasta la timidez, que prefería pasar inadvertido y al que le hubiera agradado ser invisible", según el perfil trazado por Lorca, quien ha citado a sus familiares para asegurar que "alcanzó todas sus metas: fue figura del toreo, sacó adelante a sus hermanos, formó una familia numerosa, vivió feliz entre los suyos y se retiró del mundo para gozar del campo".
Esta biografía era precisa, según Carlos Crivell, porque trata de "un ser excepcional" del que "era necesario reflejar sus dotes como lidiador y artista, porque aunque los más aficionados conocen muy bien, quienes no llegaron a verlo en los ruedos pueden ahora entender mejor su trascendencia en la Fiesta".
Crivell ha asegurado que Vázquez "fue, por encima de todo, un torero cerebral, en el que lo primero fue la inteligencia que le permitió conocer a los toros de manera primorosa; fue un toreo de sabiduría innata y fue un artista porque su toreo estaba adornado por la excelencias de la pureza y el clasicismo" a lo que aportó "gracia natural, que es lo que ha perdurado, aunque no fue lo primordial en su estilo".
Para Crivell "es un buen momento para recordar a Pepe Luis" porque "los principios en los que asentó su tauromaquia casi se han perdido; es cierto que el toro, eje básico del toreo, ha cambiado, y el que Pepe Luis lidió necesitaba un dominio previo a la creación del arte, algo que ahora raras veces ocurre porque ya no hay toro que dominar".
"Esos aspectos del toreo eterno, la pureza, la naturalidad, el buen gusto, la torería en suma, se están perdiendo, y el recuerdo de Pepe Luis es muy adecuado para recordar que hay situaciones que deben perdurar en la tauromaquia; fue un torero de Sevilla, lo mismo que después lo fue Curro Romero; la prevalencia de Pepe Luis se sintetiza en una frase: Pepe Luis es Sevilla misma vestida de luces".