jueves, 29 de marzo de 2018

Leves incidentes en un buen Miércoles Santo



La jornada del Miércoles Santo en Sevilla fue de plenitud, pequeños incidentes y los reiterados problemas de horarios de una jornada sin la fama de otras pero tan conflictiva como otras de la semana. La noticia más comentada y anecdótica fue la caída del olivo del paso de misterio de Los Panaderos en salida de la capilla de la calle Orfila. La sorpresa fue que el paso lució mejor sin el árbol. No pasó nada, aunque las imágenes son un canto a la falta de previsión. Pasaron más cosas, como el doble incidente de la cofradía de La Lanzada. Al paso de palio de la Virgen del Buen Fin se le rompió el llamador cuando iba por la calle Sierpes. Al misterio se le rompió un candelabro en la Avenida de la Constitución. Estos pequeños percances no empañaron un día brillante para las Hermandades.

Las cofradías de San Bernardo y El Baratillo llevan en sus cortejos una inmensa cantidad de penitentes. Los horarios quedaron de nuevo pulverizados. El Miércoles necesita un estudio profundo para encontrar una solución. Cuando se habla de soluciones se vuelve la mirada lo ocurrido el Martes Santo. Dijimos que ha habido controversia, pero es que conforme pasa el tiempo los dos bandos – detractores y defensores del cambio de sentido - aumentan de manera proporcional.
En días como el de ayer el observador lamenta lo que se pierde más incluso que lo que presencia. Siempre existe un alma caritativa que te cuenta lo sucedido en un punto cualquiera de la ciudad en torno a una Hermandad. Me dicen que La Sed dejó la impronta de su madurez. En esta jornada se acuerdan muchos de los Viernes de Dolores de aquellos años de juventud cuando en víspera la cofradía visitaba al hospital de San Juan de Dios. El Cristo de la Sed de blanco inmaculado está ennegrecido y pide a gritos que le aclaren la policromía.

Me contaron que El Buen Fin volvió recrearse en San Lorenzo a su salida. Y que El Carmen Doloroso cumplió con esmero una nueva cita con la catedral. Pero el hombre es esclavo de sus ideas fijas y sus vivencias de la infancia, de forma que de nuevo fue El Baratillo el centro de mis pasos, ya por la calle de mis mejores vivencias, Pastor y Landero, como en la vuelta a la salida de la Catedral. Casi da miedo airearlo otra vez, pero el paso de la cofradía por la plaza del Triunfo junto a las murallas del Alcázar es una de las citas ineludibles de la Semana Santa. La banda del Carmen de Salteras tocó de nuevo La Madrugá, también ya convertida en himno de la Semana Santa, en una revirá de más siete minutos que provoca el estremecimiento de cualquiera que lo presencie. Antes, San Bernardo había pasado por el mismo enclave. Muchos recuerdos afloraron a su paso.

Los retrasos fueron considerables. Los Panaderos los sufrió a su salida. Al final, como siempre ocurre, recuperó su esplendor con su estilo discutible en su paso por El Salvador camino de su capilla. Sin el olivo el misterio, según algunos observadores, ganó en plasticidad.
La Lanzada superó sus incidencias. El paso del Cristo de Burgos por el enclave de la Alfalfa fue otra imagen inolvidable. Aún dio tiempo para acercarse a las Siete Palabras ya en Alfonso XII de vuelta. Fue un buen Miércoles Santo, pero fue una nueva jornada que invita a la reflexión porque el día está saturado y requiere alguna solución.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Confusión y controversia en el Martes Santo al revés



El Martes Santo con el recorrido de la Carrera Oficial al revés finalizó cerca de las tres de la madrugada. Era el momento de los balances. Los comentarios eran variopintos. El presidente del Consejo se lanzó de forma prematura a calificar la jornada como un éxito. El Martes Santo tiene muchas lecturas necesarias. Lo que fue evidente en las calles fue una cierta confusión popular que no solucionaban los programas de papel  ni los digitales. Preguntas y más preguntas para ubicarse, para saber adónde había que caminar para buscar una cofradía o para encontrar  emociones nuevas. Ese fue otro matiz alabado por muchos: lo inédito. Por supuesto que fue un día de escenas nunca vistas, no tanto de históricas como comentan los exagerados, pero si se trata de encontrar escenas inéditas se le da la vuelta a toda la Semana Santa y ya no la conocerá ni la madre que la parió y algunos se creerán que han encontrado la piedra filosofal para soluciones a los supuestos males que la atenazan.

Los momentos nunca vistos no pueden justificar el invento. Si el análisis frío que se necesita ahora demuestra que ha ganado la seguridad y los recorridos han sido más fluidos, los que pensamos que todo es una perversión absurda tendremos que admitir que este cambio está justificado. Nadie puede entender que una cofradía como Los Estudiantes, que cumple estación de penitencia a la Catedral y que debe tomar siempre por el camino más corto, deba llegar hasta La Campana cuando su sede está a tiro de piedra de la iglesia mayor sevillana. Es decir, que la Carrera Oficial manda como escenario obligado. O sea, que la prioridad absoluta es que para cobrar los dineros del Consejo hay que desfilar hasta La Campana.

Es cierto que se descomprimió la Alfalfa; es verdad que no hubo cruces con parones eternos; también es cierto algo muy positivo. En este Martes Santo con estación final en La Campana hubo un exquisito cumplimiento de los horarios por parte de todas las Hermandades, lo que no siempre ha ocurrido. Decían que si se quiere, se puede. Pero a esta transgresión del recorrido invertido se ha llegado porque algunas no siempre habían querido. No deja de ser curioso que la del Martes haya sido la de más exacto cumplimiento de los horarios.

En una vuelta de tuerca tan profunda hay cofradías beneficiadas y otras perjudicadas. Entre las damnificadas, San Esteban. A pesar de que colocó a sus penitentes en filas de a tres a la salida de La Campana, se quedó atrapada en la Encarnación, totalmente comprimida, porque debió acelerar para dejar el paso expedito al Dulce Nombre de Orfila a Cuna y tenía que esperar el paso de Los Javieres. Debajo de las setas, el cortejo estaba desmembrado, sobre todo porque los más pequeños estaban extenuados por el calor. Cuando soltaron amarras, la comitiva desfiló con una sorprendente tranquilidad por un enclave tan concurrido otros años como la plaza de Pilatos.

El caminante cofrade pudo apreciar los mayores beneficios para El Dulce Nombre y La Candelaria. La salida de San Lorenzo de la primera con el sol nítido de la tarde ofreció una de esas escenas nunca vistas. Nunca lució tanto el rostro de la dolorosa. Y si hablamos de la Candelaria, ya se puede afirmar sin ninguna duda que resulta más brillante pasar por los Jardines de Murillo a las siete de la tarde que por la noche. Todo el recorrido de la Hermandad de San Nicolás ganó en belleza y emotividad. Fue, para este cronista de las esquinas, la que resultó mejor parada. El paso por la plaza del Triunfo junto a las murallas del Alcázar con la banda de la Cruz Roja tocando el Ave María de Schubert pasa al disco duro de los mejores recuerdos. Y luego, ya en la Cuesta del Rosario, cuando la sonó Candelaria, la genial obra de Manolo Marvizón, uno da casi por bueno toda la parafernalia.

Pero el día mantiene muchas de sus constantes vitales en buen estado.  El Cerro hizo una demostración de la devoción del barrio. Me volví a quedar absorto a ver a las mujeres que caminaban detrás del misterio del Cristo de Desamparo y Abandono; y petrificado me sentí al fijarme en el perfil de Nuestra Señora de los Dolores, una obra genial de Sebastián Santos.

Los Estudiantes pasaron por el Postigo de noche. Es tan inmensa la talla, derrama tanta dulzura su rostro, conmueve tanto su dolor que no importa que la veas con luz diurna o en la anochecida. Siempre brilla la Buena Muerte. Y San Benito, a lo suyo. Que no es otra que demostrar su fuerza como Hermandad y que para ellos es lo mismo desfilar de sur a norte que al revés. Me impresionó la imagen del Cristo de Las Almas de Los Javieres, que gana solera con el paso de los años. Y como fin de la jornada volví al Dulce Nombre, ya muy tarde por la Gavidia. A esas horas la ciudad estaba adormilada, en la calle solo quedaban los cabales, no había bullas ni prisas, solo el regusto de comprobar el paso de unas hermandades que derramaban su devoción para deleite de quienes en una esquina nos sentíamos orgullosos de nuestras cofradías, vengan por derecho o lo hagan la revés.


martes, 27 de marzo de 2018

Elogio y miseria de la bulla



El Lunes Santo se tomó la revancha del Domingo. En la calles hubo momentos en los que parecía más Domingo que Lunes. La gente salió a pecho descubierto a ver procesiones con la sensación de que todos querían vivir lo que el futuro puede que les niegue si se cumplen las previsiones. El dato revelador fue la enorme cantidad de carritos de bebés que atascó las calles del centro.  Y todo en la jornada resultó espléndido y lujoso, salvo la rotura de la bambalina delantera del paso de palio de Polígono de San Pablo. Fue la imagen  para la historia la del palio incompleto hasta que llegó a su templo. 

Todo lo demás fue de gozo en las calles. El mismo Polígono, que ya sacó mil nazarenos; la Redención a su salida; todo el recorrido ejemplar del Cautivo del Tiro de Línea, la mejor expresión de un barrio entregado a una  cofradía; la severidad preñada de hermosura del misterio de Santa Marta, recreado una vez más y sorprendente como si fuera la primera vez que nuestros ojos lo contemplaban;  la exuberancia de San Gonzalo con cerca de 2400 penitentes; el ascetismo y la devoción de Vera Cruz; la magnificencia del Señor de las Penas y su Virgen de los Dolores; el asentamiento definitivo de las Aguas en el Arenal, y El Museo, que con decir su nombre ya está dicho todo.

El caminante se metió en las tripas de la ciudad y sufrió el rigor de las bullas, que es algo distinto al bullicio. La bulla es una masa de gente casi inmóvil, mientras que el bullicio es mucha gente agolpada en un espacio pero con posibilidades de movilidad. La bulla forma parte de la propia Semana Santa. La masa se forma casi siempre cuando ha pasado una cofradía. Todos quieren moverse al mismo tiempo y se produce un problema físico irresoluble. En las bullas se encuentra uno metido sin saber exactamente cómo lo ha hecho, aunque lo bueno es que cuando se sale de la misma tampoco se sabe muy bien los motivos de la solución.

En el cogollo de la bulla se siente la extraña sensación de uno es culpable de haberse metido en ese monumental lío. Se tienen extrañas sensaciones, sobre todo cuando la fila en la que se avanza es mínima y la mayoría viene en sentido contrario. Se llega a pensar que se camina a contracorriente y que te has equivocado. La bulla es una perversión física. Hay más gente es un espacio determinado que el número de quienes caben en ese sitio. Otras veces avanzas sin posar los pies en el suelo. En las bullas se hacen mejores amigos que en la vida ordinaria. Con quien sufre los apretones a tu lado se entablan unas conversaciones cercanas a la intimidad que no son habituales en nuestro devenir por la ciudad. Y en las bullas hay situaciones inolvidables.

Ayer, Lunes Santo en Sevilla, me sentí prisionero de dos bullas enormes. La primera fue en la calle Alfonso XII tras haber presenciado el discurrir de Santa Marta por el Duque. Más de media hora para salir de un embrollo monumental. La otra bulla de la que salí indemne de milagro fue en la Puerta del Arenal tras el paso del misterio de las Aguas. Tres situaciones de congojo me atemorizaron. En una masa informe de gente sin rumbo, de pronto aparecieron varios carritos con bebés en su interior. Las madres miraban asustadas a su alrededor, pero por fortuna los niños iban dormidos por increíble que parezca. En la misma bulla había varios señores que sobrepasaban los ochenta años que sorteaban los empellones de manera estoica. Me asaltó un sentimiento de misericordia extrema. Y, finalmente, lo que nunca falta. El joven moderno que avanza a empujones por la bulla agarrando y rodeando con los  brazos a su novia. Si osas oponerte a su avance te mira con ganas de fulminarte. Los brazos del macho defensor de la hembra se clavan en los costados de todo el que se roza con ellos. No hay nada más agresivo que la mirada del celoso defensor de su hembra en una bulla. Dan pánico y no son pocos.

En fin, que el Lunes Santo fue para el caminante un día muy bueno aunque perdí cerca de una hora en las aglomeraciones que asolaron algunos puntos del centro. Está claro que el culpable de sufrir una bulla es uno mismo, que ya a estas alturas debería tener las suficientes luces sevillanas para evitar estos conflictos. Sin embargo, el que no se haya metido en una bulla que levante la mano.
Pero hubo más que bullas. Mis ojos volvieron a presenciar el culmen de la armonía y el realismo del misterio de Santa Marta. Los tocados blancos como la nieve de Nuestra señora de las Penas y Santa Marta son imágenes fugaces del mejor Lunes Santo. Me alegré de contemplar el paso por Arfe de las Aguas y la Virgen de Guadalupe. Volví a recrearme con el paso de Santa Genoveva por la plaza de Contratación, donde la banda del Carmen de Salteras se entregó como nunca tras Nuestra Señora de las Mercedes. En la salida de las Penas reviví los mejores años de mi juventud, para finalmente buscar y encontrar al Museo en plenitud. A las dos de la madrugada cruzó el Puente de Triana la Virgen de la Salud de San Gonzalo. ¡Había mucha gente! Es el poder de esta cofradía del barrio León, creciente  y pujante. Ha pasado mucho tiempo, pero siempre recordaré cómo en tiempos era una hermandad de pocos hermanos, que pasaba bajo el prodigioso balcón de Pastor y Landero casi de manera virtual. Ahora San Gonzalo provoca bullas. Si me lee y no es sevillano, lo siento, pero no hay una información que le permita huir de ellas. Hasta un experto en el callejeo cofrade cayó ayer en dos de ellas de las que pude salir ileso de puro milagro.

Domingo de Ramos de frío, retrasos y Amor



El sol venció a la lluvia. Todas las Hermandades del Domingo de Ramos pudieron hacer su estación de penitencia a la Catedral. Dejó de llover a las dos de la tarde pero llegó el frío y el viento, invitados molestos que provocaron deserciones ya en la madrugada del lunes. Resultó una jornada espléndida que solo se manchó por los retrasos acumulados. El paso de la Virgen del Socorro asomó  a la Plaza del Salvador cuando el reloj se acercaba a las once de la noche. La plaza estrenaba iluminación atenuada, algo que le confirió un aspecto más íntimo, cercano a lo que serían las procesiones en el siglo XIX. La Virgen del Socorro tiene un paso señorial, elegante y sevillano. Siempre admiro los candelabros de cola de este palio. Tienen algo muy cercano esos candelabros, verdadera joya del taller de Seco. En la jornada dominical hubo otros candelabros de calidad: los de la Virgen de la Paz.

La cofradía del Porvenir retrasó su salida una hora. Para llegar a tiempo a La Campana acortó su camino en un esfuerzo notable. La ingente cantidad de nazarenos que acompañan a Nuestro Padre Jesús de la Victoria y a la Virgen de la Paz desfilaron de forma modélica. A su hora pidió la venia en el palquillo Carlota Laguillo, hermana de La Borriquita. También a su hora salió la de Jesús Despojado, que en la vuelta de Zaragoza a San Pablo, sol bajando por poniente, vivió un momento cumbre cuando la Agrupación Virgen de los Reyes tocó Caridad del Guadalquivir en la versión para pasos de misterio. Fue explosiva la reacción popular. La misma cofradía fue protagonista en su vuelta por las calles del barrio del Arenal. María Santísima de los Dolores y Misericordia apareció por Toneleros con el fervor de una masa que atestó el enclave.

La Estrella sacó a la calle más de dos mil nazarenos. Su paso por cualquier rincón de su itinerario es una manifestación inolvidable de Triana en Sevilla. No hay un lugar tranquilo para extasiarse con la belleza de la dolorosa. En la puerta del Baratillo había público esperando tres horas antes de su paso por delante de la capilla. La calle Adriano es insuficiente para la inmensa masa que la atasca para ser testigos de la miles de mecidas, idas y venidas, en el saludo de los pasos trianeros a los de la hermandad baratillera. La Oliva de Salteras consumió medio repertorio en el encuentro. 

Por Correduría, la Hiniesta se siente sueña y señora del territorio. Es lo que les ocurre a la mayoría de hermandades que llegan desde los barrios. Delante de la Señora que se engalana con el azul y la plata desfilan los políticos municipales. La gente no se muestra muy partidaria de las autoridades, que intentan esbozar una leve sonrisa que nunca rompe del todo. Las elecciones municipales están a la vuelta y allí todos se ponen guapos para la foto. Gana la Hiniesta y lo bordó El Carmen, también de Salteras, capital musical de la Semana Santa de Sevilla. Un hijo del pueblo se jugaba la vida en Las Ventas a esas horas; las dos bandas saltereñas movían los palios de la Estrella y la Hiniesta por las calles de Sevilla.

En un balcón de la calle Feria, ayudado por su familia, se acercó a la baranda un hombre mayor. Con el pijama como vestimenta, en prueba se su inmovilidad de los años encima, el señor musitó una oración al paso de la Amargura. Cada rincón de Sevilla nos presenta un detalle distinto. Ese anciano fue feliz durante unos minutos cerca de la Virgen de San Juan de la Palma. Más adelante sonó Amarguras, el himno de la Semana Santa sevillana. Y también Soleá dame la mano, la marcha que reúne a la Amargura y a la Esperanza de Triana, que cumple cien años en estas fechas.

Todo en la Semana Santa sevillana tiene su motivo. Nada se escapa a los cofrades. Los costaleros de la Buena Muerte de la Hiniesta se acordaron del niño Gabriel en una ‘levantá’ que casi llevó al crucificado al cielo donde el chaval del Cabo de Gata es testigo privilegiado del desfile de todas las procesiones.

El frío apretó las prendas a los cuerpos cuando la medianoche se hizo presente. Las apreturas se diluyeron y los incansables pudieron acercarse la entrada de San Roque o volver a El Salvador de luces mínimas para ser testigos del fin de su desfile del Cristo del Amor, centro y epilogo de la jornada. Pronto llegan los crucificados a las calles de Sevilla. A primera hora de la tarde, Jesús entraba en triunfo en Jerusalén con cientos de niños a su lado. Al final del mismo día, Jesús triunfaba derramando Amor en la cruz. No me creo eso de que los ateos vivan con intensidad la Semana Santa. Quien no asuma ese Amor que sale del Salvador como el fundamento de estos días, estará de fiesta en las calles, vivirá emociones terrenales y heterodoxias, creerá como muchos que los cristianos sacamos en estas fecha a esculturas de madera a la calle, pero esa no es la esencia de estas celebraciones. Toda esa farándula es necesaria, pero es solo el envoltorio lúdico de estas fechas. Los cimientos son otros. Y Amor nos hace falta a todos.  

viernes, 14 de abril de 2017

La gran Victoria del Jueves

El Jueves Santo es un día de esplendor en Sevilla. Salen cofradías históricas de la ciudad, como Los Negritos, La Exaltación, Montesión, El Valle, La Quinta Angustia, Pasión, todas ellas cargadas de historia, que acumulan varios siglos como Hermandades de penitencia, que poseen imágenes señeras de nuestra Semana Santa, pero el Jueves es el día de la Victoria. Además de todo lo señalado, que es mucho y hermoso, por Sevilla se pasea la Virgen de la Victoria, que es la dolorosa más hermosa que existe, la que llora sin consuelo, la que nos acoge con su gesto maternal bajo el palio, la que camina en el altar más sevillano que pudiera existir, la reina de reyes, la devoción de las Cigarreras, la que ya está coronada por el amor de sus hermanos, la que todos los Jueves del Amor Fraterno nos llega desde su capilla para gritar que no hay dolorosa más bella, que se puede llorar y consolar al mismo tiempo, que es la Victoria, la gran reina que nos embelesa con solo mirarla, la que nos conmueve y nos paraliza cuando por la calle Temprado avanza con señorío y grandeza camino de la Santa Iglesia Catedral.

De nuevo el calor se apoderó de la salida de la cofradía desde su actual ubicación en Los Remedios. No lleva muchos nazarenos, es algo que no se entiende. ¿No queda sensibilidad en ese barrio? ¿De qué Hermandad son los que viven en Los Remedios? Tienen allí muy cerca de ellos a la más hermosa, pero parece que no se han percatado. Desde su asiento inhóspito se viene al centro para que los fieles se estremezcan a su llegada. Le acompaña todo, la nueva peana, la saya, el palio de cajón tan sevillano, el manto, pero nada sería lo mismo si no fuera la Victoria.

Ante la Caridad se produjo otro de los momentos íntimos de la Semana Santa. Salió de la casa el cantaor Jesús Heredia, una vida a sus espaldas, para cantarle unas letras improvisadas, dichas con el temblor de una voz cansada de vivir, pero con algunos requiebros de flamenco del mejor estilo de quien fue gente en su día. Saeta de corazón más que garganta, saeta como oración para la Victoria. saeta de un flamenco de más de ochenta años para sentirse joven y afortunado.

Hay quien dice que mejor así, que no haya tumultos al su alrededor, que no se enteren las masas de su salida en procesión, porque si se enteran será imposible presenciarla con la tranquilidad que domina cuando ya ha pasado el puente de San Telmo para meterse en Temprado, el Postigo, Arfe, Gamazo y ese entramado de calles que parece que fueron diseñadas para que por ellas pasearan cofradías en Sevilla. Había pasado el señor de Buiza atado a la columna, ennegrecido de color carbón, romanos sin plumas blancas, música gloriosa de las Cigarreras, estación de respeto ante Las Aguas y todo el mundo mirando a la Torre de la Plata para comprobar que aún quedaba la Victoria. No sé si hay que coronarla, ya lo está, porque ese detalle ha perdido sentido en esta Sevilla de los desmadres, pero si el día que se le ponga la corona se la pasea por las calles, será un día de gozo pleno para quienes estamos prendados de esa cara única que es la de la gran Victoria del Jueves.

El paseante fue a ver a Los Negritos de nuevo en la plaza de Pilatos, porque no vive el Jueves sin la música de capilla en ese enclave, se acercó a ver el paso de los caballos de la Exaltación, vivió la salida de la Quinta Angustia en una plaza con los árboles crecidos hasta el cielo y enturbiar la visión del misterio que se mueve y conmueve, le dio tiempo a ver a la Virgen del Rosario, se emocionó al escuchar a la banda de Tejera tocando Virgen del Valle tras el palio y rezó ante Pasión. El Jueves fue de plenitud, pero al final volvió a quedar la imagen fina, delicada y señorial de la reina de Jueves Santo, la Victoria.


jueves, 13 de abril de 2017

Miércoles Santo de cofradías toreras


Pasan los días de la Semana Santa y se habla de aforamiento y seguridad. Se le están colocando vallas al campo de la Semana Santa, algo que ha conseguido la insólita queja de la Hermandad de la Amargura, que ha emitido un comunicado que finaliza con esta frase: “El aforamiento desmedido que vació calles como Francos, Alcázares o Santa Ángela de la Cruz a nuestro paso, supone una merma en nuestro testimonio público de fe”. Los días de los gozos en la calle, las fechas en los que los sevillanos – y todos los que visitan la ciudad – deberían sentir que están en la gloria, ahora son días de prohibiciones. Como imagen nueva, las aceras se han llenado de miles de sillitas de chinos y de hamacas de playa, en lo supone un grado más de la invasión del espacio público que tiene como consecuencia la imposibilidad para moverse por las calles. Así están las cosas en Sevilla y todo bajo un calor de verano insufrible.

El Miércoles Santo tiene epicentros notables. La salida de la Hermandad de la Sed en el barrio de Nervión es siempre un motivo para la nostalgia de los que pasamos ya de los cincuenta. En los años setenta del pasado siglo, la Hermandad salía el Viernes de Dolores en una estación recortada por el barrio con una parada que era punto de encuentro de los cofrades: el hospital de San Juan de Dios. Desde 1979 la cofradía llega a la Catedral en una larga y sufrida penitencia, realizada con fervor y ejemplaridad. La cita con el hospital no deja de ser emotiva. El Cristo de la Sed de Álvarez Duarte tiene la piel oscura del paso del tiempo, pero sigue pidiendo agua a su paso; agua que encuentra en los ojos azules, inmensos y profundos, de la Virgen de Consolación.

Pero si hay que algo marca esta jornada es la salida de las dos hermandades toreras de Sevilla: San Bernardo y El Baratillo. Si una es la de los espadas míticos del barrio, la del Arenal no se queda atrás por su nómina de toreros y su cercanía al coso maestrante. Los nazarenos del Baratillo forman sus filas sobre el albero de la plaza y salen con albero pegado a sus suelas.  

La cercanía del Matadero de Sevilla a la Hermandad de San Bernardo fue el motivo de que muchos toreros fueran hermanos de la cofradía, como Costillares y Cúchares, que murió siendo Hermano Mayor y está enterrado bajo el altar del Santísimo Cristo de la Salud. También, en el siglo XIX, el legendario Antonio Sánchez ‘El Tato’ fue Hermano Mayor de la hermandad. Además, en su nómina figuraron Pepete, Manuel y Pepe Bienvenida, Diego Puerta y la saga de los Vázquez.  Pepe Luis salió de nazareno muchos años. Manolo fue Hermano Mayor y le regaló a la Virgen del Refugio el traje de su alternativa con el que se le confeccionó una saya de color blanco que volvió a lucir en la tarde del Miércoles Santo en su salida procesional.

El Baratillo estrenó en 2002 un llamador labrado por Marmolejo en el que dos ángeles  sujetan un capote de paseo que tiene grabado en su centro la insignia de la Hermandad. El ángel de la derecha lleva colocada una montera. Al Baratillo perteneció Pepe Hillo, quien donó el 17 de abril de 1774 la imagen del Patriarca Bendito Señor San José, que se venera en la capilla y es titular de esta Hermandad.  El Baratillo y la Maestranza están hermanados desde 1992 de forma oficial. De ahí que uno de los guiones que salen en el cortejo corresponda a la Real Maestranza.

Quienes pisan por primera vez el albero de la plaza son los nazarenos del Baratillo, la de los ángeles toreros. En las vidrieras de la capilla no se pierde ningún detalle el ángel Pedrito, que sigue allí y comprueba la entereza de sus padres, ambos fieles a la Hermandad de la Misericordia, la Piedad y la Caridad. Me decía un torero en activo vestido de nazareno que este año hay otro angelito en el ruedo celestial, el niño Adrián de Valencia, que ahora torea a gusto con los grandes maestros.

Por la noche, cuando el cortejo volvía a la capilla, junto a las murallas del Alcázar se vivió de nuevo el que es uno de los grandes momentos de la Semana Santa. El palio de la Caridad reviró a los sones de La Madrugá, la sinfonía de Abel Moreno, en una vuelta interminable, mientras la banda del Carmen de Salteras sonaba de forma sobrenatural. Sevilla en estos días es una suma de instantes que se repiten todos los años. Y que no nos falten nunca. 

El Buen Fin pasa por la plaza de San Lorenzo con sus nazarenos de hábitos franciscanos. Pasa por delante de la basílica del Gran Poder y los pasos saludan al Señor de Sevilla. Por la calle Trajano pasó el misterio impresionante de la Lanzada, con Longinos con el arma dispuesta. Ese paso sigue causando un fuerte impacto cuando avanza por las calles. El manto de la Virgen del Buen Fin era una cesión generosa de San Esteban, porque el de la cofradía ha sufrido desperfectos en el taller de reparaciones.

El Miércoles Santo es un día de crucificados, como el del Cristo de Burgos, que salió con cierta polémica por el cambio de ubicación de los puestos ambulantes. La Hermandad emitió un comunicado con cierta dureza. Parece que este año se impone la comunicación y la contrariedad en muchas corporaciones. La tarde había comenzado en la calle Feria con la salida del Carmen Doloroso y tuvo su epílogo feliz en el discurrir de las Siete Palabras y los Panaderos. El misterio del Prendimiento de la Hermandad panadera volvió a mecerse como una pluma por las calles de Sevilla.

Miércoles de gozo con ese detalle de las dos cofradías toreras en las calles. En el cielo se montó un festival de matadores y los angelitos estuvieron en todo momento al quite.   

miércoles, 12 de abril de 2017

Clasicismo en San Lorenzo


El parque temático era un horno. Los encargados de la seguridad le han puesto vallas al campo de la Semana Santa. Se ha hablado de la calle Alcázares y poco de otros puntos a los que no se puede acceder cuando una cofradía aún no ha llegado. Es una ataque a la línea de flotación de la Semana Santa, que siempre se caracterizó por la movilidad para poder presenciar diferentes escenas, la mayoría que el cuerpo sea capaz de aguantar en jornadas tan calurosas. El camino se hace insufrible porque las aceras están colapsadas por las sillitas de los chinos. Se cree uno que se puede pasar por una acera porque parecen liberadas, pero no es así, ya que lo que pasa es que miles de sillitas soportan las anatomías de quienes esperan la llegada de los cortejos. Este año hay un paso más: la sillita de playa en la calle. Ayer, en el enclave de Javier Laso de la Vega había decenas de sillas de playa, donde señoras orondas parecían dormir la siesta. Es decir, que esto ha cambiado, la caminata del cofrade es una carrera de obstáculos y encima no te dejan llegar a determinados lugares porque la seguridad es lo primero. Bien está lo de la Seguridad, pero, hombre, que nos vamos a cargar el invento con tanta seguridad.

De tal forma que no quedó otra solución en el Martes Santo que buscar lugares de cierta tranquilidad para entresacar la mayores emociones. Y miren por dónde, por Laraña llegaba San Esteban, delante de la Anunciación, donde hace un año debió refugiarse por culpa de la lluvia. Y sonó Virgen del Valle, glorioso momento, casi desapercibido por los ocupantes de las sillas playeras, pero que nos indica que todavía quedan Hermandades con sensibilidad.

Me apetecía ver El Cerro por la plaza del Triunfo, cerca del Alcázar, y puedo asegurar que me sorprendió. Se mantenían las filas de nazarenos bien formadas, no había huida masiva a bares ni hermanos tirados por las aceras. El barrio y su cofradía dieron un nuevo ejemplo de amor a sus titulares, también de humildad en ese horario. Cuando al Cerro no le llueve, se muere de calor. La Virgen de los Dolores Coronada reinó en los corazones de sus hermanos.

La salida del Dulce Nombre fue otro momento de esos que año tras año se mantienen como imperturbables. La plaza de San Lorenzo es amplia, permite que acudan las familias con los carritos de los niños, ahora ya sin sillitas de chino, para presenciar simplemente la categoría cofrade en su más mejor expresión. El paso de misterio salió de forma espectacular, tremenda la banda de las Cigarreras y su Señor de Sevilla, cuando Nuestra Padre Jesús ante Anás giraba para saludar al Gran Poder. La cuadrilla que mandaba Manuel Gallego meció con finura y elegancia al paso de La Bofetá. Todavía quedaba la intensa emoción de la salida de la Virgen guapa de la saya rosa del Dulce Nombre y la banda de la Oliva de Salteras tocando como si fuera su última salida en esta Semana Santa. Esta emoción de San Lorenzo en Martes Santo nos reconcilió con tanto desmadre en las calles, era posible una Semana Santa emotiva e íntima a pesar de la multitud que se agolpaba en San Lorenzo.

Aún quedó tiempo para alcanzar al Cristo de la Buena Muerte y Santa Cruz. La Semana Santa cambia a partir de la diez de la noche. Las tropas de zangolotinos se han recogido o andan consumiendo, y de esta forma se van quedando los clásicos. Ayer decía alguien en algún lado que lo clásico es retrógrado, que solo lo moderno es progresista. Así estamos, en manos de pensadores absurdos que no saben que no hay nada más auténtico que conservar lo bueno de toda la vida.    

martes, 11 de abril de 2017

Músicas de Salteras

La Hermandad del Polígono estaba desecha en Placentinas por los estragos del calor. No parece lógico resaltar determinadas actitudes cuando el cortejo había comenzado la estación de penitencia al mediodía y a las seis de la tarde aún tenían por delante un largo y sofocante camino. Todos sufrían; nazarenos, costaleros, músicos, acólitos, padres y los niños, que se derrumbaron en la Plaza del Salvador totalmente desmadejados. Sin embargo, una cosa es la comprensión del sufrimiento y otra la visión de escenas con un grupo de nazarenos tirados sobre el asfalto en busca de agua y comida. El esfuerzo de la cofradía es de nuevo para aplaudir. Solo les falta que se cuiden algunos detalles.

En la tarde del Lunes Santo había una cita que no podían perderse los más fieles a las procesiones sevillanas. La Virgen de Guadalupe, la niña de Álvarez Duarte, salió vestida de hebrea a los cincuenta años de su bendición. No les ha gustado la idea a muchos, según los comentarios que pude escuchar, pero Guadalupe iba bellísima, reluciente, espléndida, con la diadema, la saya lisa y el fajín clásico que modeló Rodríguez Ojeda. La de Guadalupe se mantenía en Cuaresma. Me pareció, por una vez, algo maravilloso.

Pero para el paseante fue una tarde de músicas. A la salida de la Catedral, enfilando la plaza de la Contratación, caminó el Cautivo del Tiro de Línea, siempre señorial, digno en su soledad, pero con las mujeres del barrio siempre a su estela bendita para que nunca sintiera el desconsuelo. Y con la Virgen de las Mercedes, la banda del Carmen de Salteras. Parece imposible que una banda pueda superarse cada año. Junto a las murallas del Alcázar sonó Cristo en la Alcazaba. No hay mejor lugar para esta marcha. Gracias a Santa Genoveva porque es un detalle enorme tocar esta marcha cerca de Santa Cruz y la Semana Santa ya se nos va quedando para gozar de estos momentos, quizás pequeños, pero que provocan un ligero estremecimiento en los sentidos. La Semana Santa es una suma de sentimientos. Qué marcha, qué banda y qué momento. Tras la banda caminaba Francisco Javier Gutiérrez Juan, el director de la Banda Municipal de Sevilla. Dos hijos del gran maestro componen la nómina del Carmen de Salteras. Ya en Contratación fue Macarena de Cebrián quien le puso la nota de emoción definitiva a la tarde.

Pero es Salteras y monta tanto la del Carmen como la de la Oliva. Detrás de la Virgen de las Aguas del Museo volvió a dejar una muestra de su tremenda calidad en el clásico Virgen de las Aguas y en un memorable Como tú ninguna cuando el paso ya enfilaba la calle Sierpes.

Si le añaden a la multitudinaria hermandad de San Gonzalo por Adriano ante el Baratillo, el paseo de Vera Cruz por la Cuesta del Rosario, la Redención ya en su barrio y las Penas por Cuna, se puede decir que fue un Lunes Santo para el recuerdo de este paseante. Seguro que si me lee, usted también vivió ayer un día especial. En el rincón de mis vivencias imborrables quedarán las enormes bandas de Salteras haciendo grande a la Semana Santa de Sevilla. 

lunes, 10 de abril de 2017

La religiosidad popular toma la ciudad


La Semana Santa de Sevilla es el gran acontecimiento religioso de la capital de Andalucía. La colosal representación sobre el escenario de una ciudad volcada en sus cofradías ha sido objeto de estudio desde muy distintos ángulos, lo cual ha generado una multitud de opiniones contrapuestas. La realidad es que desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección, Sevilla es una ciudad transformada que vive con auténtica pasión los acontecimientos que se desarrollan en sus calles. La de Sevilla es el prototipo de la Semana Santa de Andalucía, en clara contraposición a la austeridad y el recogimiento de otras celebraciones donde los desfiles y el comportamiento del pueblo son muy diferentes.

La Semana Santa de Sevilla se puede analizar desde la frialdad de los números. Con esa visión objetiva, el fenómeno de estos días puede quedar reducido a una fiesta donde a su reclamo se disparan múltiples economías, algo que en estos tiempos se recibe como un maná del cielo. Sin embargo, no conviene perder de vista que se trata de una celebración religiosa de la Iglesia católica, y que su origen y desarrollo posterior ha estado unido a la fe de un pueblo. Este aspecto es muy controvertido. El sevillano vive con fervor su Semana Santa mientras que su participación en los cultos religiosos durante el resto del año es muy escasa. De esta forma, el 70% de la población de Sevilla y su provincia se declaran católicos, aunque solo el 25% acuden a la misa dominical, un precepto que deben cumplir los creyentes.

Los cortejos procesionales reúnen a casi 70.000 personas, entre nazarenos, costaleros, servidores y músicos. El aumento ha sido muy considerable en los últimos años. Se ha tratado de explicar con la irrupción de la mujer en la filas de penitentes, el crecimiento de las bandas  de música y a la propia explosión popular de los desfiles procesionales. Sevilla se convierte en el escenario de una impresionante manifestación en torno a las cofradías, donde son tan relevantes los que desfilan en los cortejos como los que presencian las procesiones en las calles.

Las Hermandades sevillanas, de origen devocional, fundadas muchas de ellas en conventos, otras muchas asociadas a gremios, se nutren en la actualidad de hermanos que llegan bien por tradición familiar o por el fervor a algunas corporaciones de barrio que han subido su nómina de manera sorprendente. Han crecido las hermandades de barrio, como San Benito, la Redención o San Gonzalo, se mantienen las clásicas del centro. Hay una Semana Santa clásica, tal vez más íntima y recogida, y otra más popular.

Economía

La Semana Santa sevillana son los pasos en las calle y quienes abarrotan todos los rincones de la ciudad en busca de emociones. La misma Carrera Oficial, que es el trayecto que comienza en La Campana y finaliza en la Catedral, se puebla de sillas que se disputan con ardor. Estas sillas, controladas por el Consejo de Hermandades y Cofradías, se venden y se revenden a precios cada año más elevados. Este año se ha conocido un nuevo ardid en busca de dinero en el alquiler ilegal de balcones en la calle Sierpes. Es un reclamo turístico de primer orden. Se ha valorado en 300 millones de euros en impacto económico de la Semana Santa en la ciudad.  

El pregonero de este año, el periodista Alberto García Reyes, matizó de manera enérgica que la Semana Santa es una manifestación religiosa y que nada tiene sentido si no se antepone por delante que es el mismo Dios quien se pasea por las calles. Así fue durante muchos años desde sus orígenes, pero la realidad es que se viven tiempos de una explosión que se ha alejado de la esencia. A esta manifestación de fervor cofrade se la llama religiosidad popular, en la el pueblo se lanza a la calle para vitorear a sus imágenes, en la que las Hermandades intentan por todos los medios reunir  al máximo número de espectadores en los rincones claves, en los que la masa toma la calle para gritarle a su Virgen adorada que es la más guapa del mundo. La Iglesia católica observa y calla, porque es mejor esa religiosidad popular que nada.

El crecimiento es desorbitado en todos los sentidos. Ha aumentado el número de nazarenos de cada Hermandad, de tal manera que se considera que es excesivo el tiempo de paso de cada cofradía. Se ha querido poner numerus clausus pero es una medida que la mayoría rechaza por impopular. Algunas cofradías ordenan sus tramos con tres hermanos por fila para reducir el tiempo de paso por la carrera oficial.  

Hay más gente en las calles que nunca. Se espera la Semana Santa para lanzase a ver pasos en los lugares más típicos, la masa espera los cortejos y se han popularizado las sillitas para sentarse a la espera de los pasos.

La nómina de Hermandades sube sin que sea posible admitir en los días oficiales a nuevas corporaciones. Así se han creado las Vísperas, que ya el Viernes de Dolores y el Sábado de Pasión pusieron en la calle a diez cofradías con 17 pasos, además de dos Agrupaciones. Son Hermandades relativamente jóvenes, que aspiran a poder estar en la nómina de las que acuden a la Catedral, pero que de momento se limitan a una procesión por la cercanía de su Iglesia de residencia. Estas Hermandades de vísperas suelen residir en barrios muy alejados del centro, lo que casi imposibilita una estación de penitencia al centro de la ciudad. Estas Hermandades, ejemplo de fervor y pasión cofrade,  llegan desde barrios como Pino Montano, Bellavista, Palmete, San Jerónimo o Torreblanca. No tienen nada que envidiarle a las demás, tal vez incluso su labor cristiana en bolsas de caridad y ayuda a los necesitados sea más encomiable, pero ahí están con el sueño de poder incorporarse algún día al núcleo duro de la Semana Santa, como ya lograron otras que realizan una estación de más de doce horas al salir desde El Polígono de San Pablo, El Tiro de Línea o El Cerro del Águila en estaciones admirables por el esfuerzo de sus hermanos.

Fanatismo

En esta eclosión de religiosidad popular conviven múltiples facetas. Es evidente que la Semana Santa sevillana sigue sustentada en la fe religiosa de un pueblo, manifestada muchas veces con fervor y recogimiento, mientras que otras veces se dispara de forma exagerada, hasta el punto de que los mismos que el resto del año viven de espaldas a los cultos, en los días de la Semana Santa se convierten en ‘hinchas apasionados’ de sus Hermandades. Así se viven expresiones de difícil explicación y cercanas al fanatismo que acercan, por desgracia, a los seguidores de algunas cofradías a los hinchas más acérrimos de los equipos de fútbol. Todo ello convive con una legión de jóvenes que utilizan estos días para estar en la calle. Toda la efervescencia cofrade tiene su mayor expresión en la Madrugada, una noche en la que muchos sevillanos ya no se atreven a salir a la calle porque se han producido situaciones de terror colectivo, que no han sido nunca convenientemente explicadas, pero que han desvirtuado la noche, e incluso se habla del ‘problema’ de la Madrugada.

Con estos condimentos, la Semana Santa vive momentos de crecimiento en todos los órdenes. Existe una industria cofrade que se mantiene vigente durante todo el año, de forma que han surgido industrias, páginas web, blogueros y todo tipo de personajes que mantienen el espíritu cofrade vivo durante los 365 días del año. Esta realidad llega a términos extremos en la figuras de lo que se ha dado en llamar el ‘frikicofrade’, que es un paso más avanzado de lo que siempre fue considerado en Sevilla como el capillita. En definitiva, la Semana Santa se vive en la calle durante 10 días, pero se mantiene con aliento pujante durante el resto del año.

Al predominio de lo insustancial sobre lo fundamental han contribuido las mismas Hermandades, que han buscado su minuto de gloria en la entrada en La Campana, cuando el motivo de su salida procesional es hacer estación de penitencia en la Catedral. Muchas cofradías salen a lucirse en La Campana, donde ante las cámaras de televisión echan el resto para ser las más llamativas, buscar el aplauso popular, ya por la forma de llevar los pasos por parte de los costaleros, ya por el acompañamiento musical exuberante. Naturalmente, este potencial religioso, económico y social es una fuente de discordia entre los distintos poderes, aunque el intento de influir en las cofradías es manifiesto en el poder religioso y el político. La Iglesia trata de mantener en orden el universo cofrade con determinadas actitudes y recomendaciones que muchas veces no son bien recibidas en las Hermandades. El vivero religioso es muy intenso y la autoridad religiosa no quiere perder el control de lo que en definitiva es una expresión pública de la fe de un colectivo. Del poder político, tres cuartos de lo mismo. Siempre ha tratado de ordenar lo que fluye con naturalidad de manera espontánea. A la Semana Santa de Sevilla no se le pueden poner cerrojos, pero de un tiempo a esta parte todo son ordenanzas y prohibiciones que al final le restan su verdadera esencia popular. Todo se ha justificado en aras de la seguridad, aunque muchos sevillanos no comulgan con estas premisas.
La vida interior de las Hermandades es desconocida por la mayoría, que solo se acuerdan de ellas en estas fechas. La realidad es que la labor social de las Hermandades sevillanas es intensa. Se podrían poner ejemplos variados, pero baste con señalar la labor de la Hermandad del Buen Fin con su Centro de Estimulación Precoz.

Domingo de Ramos

De esta forma, aparece en el calendario el Domingo de Ramos, posiblemente el día más sevillano del año, en competencia con el día del Corpus y con el 15 de agosto, que ha perdido fuelle con el éxodo a las playas. Domingo de Ramos es sinónimo de alegría, expectación y júbilo. Era el día para estrenar indumentaria, para cantar la visión alegre del primer capirote de año, para meterse en las bullas, una situación clásica de estos días y que en otro lugar podría provocar el pánico pero que el sevillano controla con sabiduría.

Es el día para volver a la emoción de las procesiones en la calle desde las primeras horas de la tarde. La nómina de la jornada es variopinta, ya se sabe que en Sevilla no hay concordancia entre los que se representa en los pasos y el día de la semana. En este Domingo de Ramos salen nazarenos y crucificados a la calle cuando a tenor de la fecha solo podría realizar la estación de penitencia la Sagrada Entrada en Jerusalén, que en Sevilla se llama La Borriquita. Esta Hermandad consta de tres pasos, el primero ellos que sale en solitario a primeras horas de la tarde, está considerada como una cantera de los nazarenos de la ciudad, ya que suelen salir infinidad de niños acompañados por los padres. Los progenitores también tienen su penitencia procesional en las Hermandades en las que los niños son los protagonistas. En la misma Hermandad, saliendo ya por la noche de la basílica del Salvador, cierra la jornada el portentoso crucificado del Cristo de Amor, obra de Juan de Mesa, al que sigue la Virgen del Socorro.

Es el día de Jesús Despojado, que sale de la céntrica capilla del Mayor Dolor, una cofradía renovada tras un pasado lleno de incertidumbres. Tal vez la cofradía más luminosa de la jornada sea la de La Paz, que viene del barrio del Porvenir y atraviesa en el recorrido hacia la carrera Oficial al Parque de María Luisa, un lugar en el que se funden en forma de crisol bellezas como la misma Virgen de La Paz, el resplandor de su orfebrería y la blancura inmaculada de sus enseres. La Paz figura entre las primeras imágenes que los cofrades sevillanos guardan en lo más íntimo de sus recuerdos.

La Hermandad de la Cena saca tres pasos con el principal de la Sagrada Cena, donde el portentoso apostolado de Ortega Bru brilla con luz propia. Cofradía de barrio es la Hiniesta, que es virgen de penitencia bajo palio, azul y plata, que además es, en su imagen gótica, la patrona de la corporación municipal sevillana. Sigue San Roque con su nazareno y su Virgen de Gracia y Esperanza, que tiene en su vuelta a la iglesia parroquial un momento único cuando el palio pasa por Caballerizas, uno de esos enclaves donde se rompen todas las leyes de la física, algo que casi solo ocurre en las calles de Sevilla con los pasos en Semana Santa.

Salen en el Domingo de Ramos dos imágenes marianas de gran valor y de intenso fervor: La Estrella, que es la primera de Triana, y la Amargura, que sale de San Juan de la Palma, donde el centro limita con la calle Feria. Triana en Semana Santa es más Triana que nunca. La Virgen de la Estrella es una dolorosa perfecta que habla con sus manos. A esta Hermandad le acompaña siempre la historia de su salida procesional en 1932, la única que lo hizo en aquel año de la República, motivo por el que se le llama en algunos ámbitos como La Valiente. El paso del tiempo ha dado paso a la realidad de una cofradía en auge, espléndida en la imagen de Nuestro Padre Jesús de Las Penas y en la excelencia de la Estrella. La cofradía de la Amargura, reconocida como El Silencio Blanco, es otra imagen del siglo XVII surgida, como la Estrella, del taller de Roldán. Es una cofradía selecta, para exquisitos, con un palio rematado y la Virgen de la Amargura, la primera que fue coronada en Sevilla

La noche acaba con el Cristo del Amor, una representación de Juan de Mesa en sus primeros años, que es toda una declaración de la fuerza de la imagen aplicada a los sentimientos religiosos. Cuando el Domingo de Ramos finaliza con la entrada de las que regresan a  sus templos a altas horas de la madrugada, la Semana Santa de Sevilla no ha hecho más que comenzar, aunque para el sevillano cofrade todo parezca que ya se está acabando. Todo el año esperando solo para una semana.     

miércoles, 22 de marzo de 2017

Pepe Luis Vázquez, torero de culto


De la estirpe de Joselito El Gallo, Chicuelo y Belmonte, considerado uno de los diez toreros más importantes de la historia, Pepe Luis Vázquez alternó en 120 corridas con Manolete y ahora los críticos Carlos Crivell y Antonio Lorca "resucitan" una personalidad única en el mundo del toro.
"Pepe Luis Vázquez, torero de culto" (El Paseo) es, en palabras de Lorca, "un homenaje a uno de los grandes toreros de la historia; la reivindicación humana y taurina de un personaje capital que, por carácter sencillo y humilde y por su decisión de apartarse del mundo y de los homenajes, vio mermada su aureola de gran figura".
"Se dice que nació torero, 'estudió' la carrera 'por libre' en los oscuros pasillos del matadero, triunfó siendo casi un niño, sacó adelante a sus padres y hermanos, se retiró con 32 años, se casó, después, con una joven de buena familia, tuvo siete hijos, olvidó el traje de luces, se encerró en el campo, se olvidó de honores y fue un hombre feliz entre los suyos", ha enumerado Lorca en relación con esta biografía, que no se detiene en 'el torer
o' y dedica capítulo propio 'al hombre'.
Nacido en 1921 en el sevillano barrio de San Bernardo, "Pepe Luis fue un personaje original, un artista y un hombre íntegro y cabal, de los pocos que, de vez en cuando, aparecen por la vida; de exquisita educación, de esos que no hablan por no molestar, de pocas palabras, de gran vida interior, reflexivo y sentencioso".
Lorca ha añadido que fue "amante de la poesía y amigo de pintores, escritores y músicos; disfrutaba con los hermanos Machado y Alberti, le encantaban Mozart y Schubert, se relacionó con Zuloaga, Bergamín y José María Cossío, y el maestro Joaquín Rodrigo, entre otros".
"Fue feliz en el silencio y la soledad; su viuda dice que fue un hombre del campo, y humilde hasta la timidez, que prefería pasar inadvertido y al que le hubiera agradado ser invisible", según el perfil trazado por Lorca, quien ha citado a sus familiares para asegurar que "alcanzó todas sus metas: fue figura del toreo, sacó adelante a sus hermanos, formó una familia numerosa, vivió feliz entre los suyos y se retiró del mundo para gozar del campo".
Esta biografía era precisa, según Carlos Crivell, porque trata de "un ser excepcional" del que "era necesario reflejar sus dotes como lidiador y artista, porque aunque los más aficionados conocen muy bien, quienes no llegaron a verlo en los ruedos pueden ahora entender mejor su trascendencia en la Fiesta".
Crivell ha asegurado que Vázquez "fue, por encima de todo, un torero cerebral, en el que lo primero fue la inteligencia que le permitió conocer a los toros de manera primorosa; fue un toreo de sabiduría innata y fue un artista porque su toreo estaba adornado por la excelencias de la pureza y el clasicismo" a lo que aportó "gracia natural, que es lo que ha perdurado, aunque no fue lo primordial en su estilo".
Para Crivell "es un buen momento para recordar a Pepe Luis" porque "los principios en los que asentó su tauromaquia casi se han perdido; es cierto que el toro, eje básico del toreo, ha cambiado, y el que Pepe Luis lidió necesitaba un dominio previo a la creación del arte, algo que ahora raras veces ocurre porque ya no hay toro que dominar".
"Esos aspectos del toreo eterno, la pureza, la naturalidad, el buen gusto, la torería en suma, se están perdiendo, y el recuerdo de Pepe Luis es muy adecuado para recordar que hay situaciones que deben perdurar en la tauromaquia; fue un torero de Sevilla, lo mismo que después lo fue Curro Romero; la prevalencia de Pepe Luis se sintetiza en una frase: Pepe Luis es Sevilla misma vestida de luces". 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Plasson y Daniela, la música en plenitud

Es un placer recibir en Sevilla a Michel Plasson, historia viva de la música francesa y colaborador habitual de la orquesta sevillana. Era el comienzo de la temporada, por ello quizás se resintió la asistencia, aunque nunca se sabe si no es que han desertado muchos abonados. Será preciso esperar cuando lleguen los platos fuertes de la temporada con las sinfonías de Beethoven para valorar si la afición a la música eterna mantiene adeptos o hay abandono de localidades.

La orquesta exhibió los lazos verdes que ya lucieron en los últimos conciertos de la temporada pasada. Son la señal de su malestar con los recortes y el olvido de las administraciones, sobre todo de la Junta de Andalucía, que es capaz de acabar con todo atisbo de cultura en la comunidad mientras al mismo tiempo presume de lo contrario. Hubo lazos verdes pero la orquesta sigue ahí con su misma calidad. La profesionalidad, y la categoría, de los músicos mantienen viva la llama del clasicismo musical en Sevilla.

Plasson es un prodigio de personalidad. El concierto contenía tres piezas de autores franceses y un concierto de arpa del ruso Glière. Con las obras de sus paisanos Plasson disfrutó a tope. Menos contundente en la de Saint-Saëns, prodigioso en Berliotz, sobre todo en el minueto de los fuegos fatuos, para acabar pletórico en la obra de Roussel, luminosa y cromática, en la que toda la orquesta brilló a tope. Nota especial para el oboe de González Monteagudo, el clarinete de Piotr Szymyslik y el arpa de Daniela Iolkicheva, que a esas alturas había vuelto a su lugar de solista después de interpretar el concierto de Glière. Plasson, visiblemente emocionado, tal vez como presintiendo su despedida del Maestranza, dirigió en forma de bis final un suavísimo y precioso momento de la Arlesiana de Bizet, que realmente fue un homenaje a las cuerdas de la orquesta, las que posiblemente más críticas reciben pero que rayaron a una altura sideral.

Daniela Iolkicheva es tan maestra con el arpa que casi nos hizo que pareciera aceptable un concierto plano como el de Glière. Su figura leve con sus manos delicadas sacó un sonido sensual de su arpa. La orquesta se limitó a seguir a su compañera que ofreció un bis delicado como prueba de su dominio del instrumento.

La temporada ha comenzado. Hubo menos gente de la esperada en la sesión de jueves – esperemos mejor asistencia en la del viernes -, pasó Plasson y dejó en el ambiente cierta nostalgia que sería bueno que se rompiera en otra temporada con su figura en el atril, la orquesta mantiene su nivel y sus carencias, pero ahí están sus maestros, ayer Daniela Iolkicheva, para dejar claro que lo mejor del conjunto son sus músicos.


Teatro de la Maestranza. Primer programa de abono. Jueves 22 de septiembre. Solista: Daniela Iolkicheva, arpa. ROSS. Director: Michel Plasson. Programa: Bacanal de 'Sansón y Dalila' de Camille Saint-Saëns; Concierto para arpa y orquesta en mi bemol mayor Op.74 de Reinhold Glière; Tres piezas orquestales de 'La condenación de Fausto' de Hector Berlioz; Suite nº2 de 'Baco y Ariadna' Op.43 de Albert Roussel. Aforo: Dos tercios de entrada.

viernes, 25 de marzo de 2016

Música de capilla en la plaza de Pilatos

Cuando los Negritos avanzan desde San Esteban, antes de entrar en Águilas, la cofradía pasa por la hermosa plaza de Pilatos. Los nazarenos de blanco con escapulario azul marchan ordenados. Desde la plaza se puede contemplar el crucificado de Ocampo, tan solemne y mayestático, que avanza con música de capilla delante del paso. La música de capilla se escucha siempre en estas cofradías de silencio y luto. No hay estridencias que logren romper el silencio en la plaza. Se escucha muy bien pero se intuye que casi nadie le presta atención. La cultura cofrade quiere tambores, cornetas y bandas. A muchos sevillanos no les gusta la música de capilla. Y sin embargo, mira qué es solemne y hermosa este tipo de música.

La plaza de Pilatos se mantenía en un moderado silencio. No es fácil que a las cuatro de la tarde se puedan acallar los niños, incluso uno de ellos aporrea un tambor de vez en cuando. No pasa nada. Al final, solo se oye la composición escogida para el momento. No soy experto, pero me imagino que sería una de las muchas que tiene dedicadas el Cristo de la Fundación, obra de Ana López Oñate o del maestro Albero, autores de hermosas piezas de capilla para esta cofradía.

Tocan tres músicos de negro riguroso. Todos los músicos de capilla tienen el mismo aspecto con atuendo de luto. En este caso me llama la atención que uno de ellos toca un saxofón; sus compañeros son los clásicos oboe y clarinete. Falta el fagot. El saxofón suena bien y le da un aire más misterioso a la música. El sol es fuerte, hasta los niños han callado, las mantillas pasan de un lado a otros, camina el señor en la cruz de Los Negritos rodeado por sus cuatro faroles y la música de capilla llena de solemnidad este comienzo de la jornada del Amor Fraterno.

En la puerta de San Esteban espero a la Virgen de los Ángeles, un palio distinto a todos. Hay que decir ya que en Sevilla no hay dos palios iguales. Puede haberlos parecidos, pero siempre hay diferencias. Los toques orientales de este palio, en su día casi revolucionario y hoy casi clásico, se engrandecen con un exorno floral de nuevo muy original en su color blanco. El manto aporta otro golpe de ingenio. La banda de Las Nieves de Olivares suena de maravilla. Es una cofradía señera pasando por el centro de Sevilla a primeras horas de la tarde del Jueves Santo.

A esas horas hay que caminar para ver la gloria mariana del Jueves, esa que no me canso de cantar todos los años, que es la belleza misma hecha Virgen, que llora y ríe al tiempo, enmarcada en un palio de cajón que es el tiempo detenido y que es obra, naturalmente, de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, el mismo que diseñó la saya más hermosa que se haya contemplado. Todo sigue ahí como el primer día cuando ha cumplido más de cien años. Pero por encima de todo, la Victoria, para quien un día aquí mismo pedí una corona y ya parece que viene en camino. Victoria Coronada, me adelanto, como debe ser porque no hay otra en Sevilla que sepa llorar y consolar tanto.

Pasa el palio por delante de la Caridad, en la Iglesia se celebran los Oficios, a lo lejos repican las campanas de la Giralda anunciando que allí también hay cultos de Jueves Santo, se puede ir de un lado a otro, la tarde es una delicia para poder gozar una vez más de Las Cigarreras. La Hermandad de las Aguas ha salido en señal de saludo, como debe ser, porque la Virgen de los Ángeles pasó por San Esteban con la iglesia cerrada, y el caminante cierra los ojos porque todo se ha repetido como siempre. Eso es nuestra Semana Santa. El mantenimiento de la belleza a través de los tiempos.

Y si hablamos de clasicismo, en la puerta de la Magdalena he esperado para ver la salida de la Quinta Angustia. Todo es igual que hace cincuenta años. Cierro los ojos. Me resuenan los sones de la música de luto de Los Negritos.  

jueves, 24 de marzo de 2016

Una saeta al cielo de Álex Ortiz

El Miércoles Santo es un día especial para quienes amamos el mundo de los toros. Las dos cofradías con mayores connotaciones taurinas hacen estación de penitencia en la jornada. El luminoso día que siguió a los de lluvia y desencanto fue aportando una serie de vivencias inolvidables para el caminante cofrade. Muy pronto hubo que acudir a ver La Sed por  delante de San Juan de Dios, algo que a muchos nos lleva a nuestra primera juventud, cuando la cofradía salía el Viernes de Dolores y la cita con el hospital era punto de confluencia de todos los cofrades sevillanos. Ya es una Hermandad con dos pasos y muchos penitentes que hacen un esfuerzo supremo cada tarde de Miércoles Santo.

Cumplida esta tradición, la tarde se llenó de emociones. En el devenir por la ciudad se encuentran rincones y escenas insospechadas. San Bernardo venía por Santa María la Blanca. El Cristo de la Salud avanzó por Muñoz y Pabón buscando la Alfalfa. Había que ir a buscar a la Virgen del Refugio, a ver de nuevo los jarrones dorados, a saludar a la señora del toreo de la que fueron devotos Cúchares y Manolo Vázquez, Diego Puerta y Pepe Luis. Pero el pensamiento estaba lleno de una ausencia y el dolor era insoportable. Allí faltaba Fernando, a quien la Hermandad le había dedicado su estación de penitencia. Y como pasa en Sevilla siempre, cuando vas buscado una emoción, surgió otra inesperada en forma de saeta desde un balcón allí mismo en Santa María la Blanca, enfrente de la Virgen del Rosario, cuando una voz potente y clara le cantó su oración a la Virgen de San Bernardo. La voz de Álex Ortiz lo llenó todo, la claridad de su verbo, la musicalidad de su entonación, la firmeza de su expresión y el quejío salido del alma conmovieron a los presentes. Ahí lo tenías Fernando, qué homenaje más bonito y sincero. Yo también te dediqué a ti ese momento intimo en el que gocé de tu Virgen cuando el cantaor sevillano rompía el silencio con su cante.

Había otra cita taurina, pero la dejamos para más tarde. Para aliviar la espera había que acudir a un rincón sevillano para ver el transcurrir del Buen Fin. La plaza de San Lorenzo es el marco ideal para sentir el pálpito de una hermandad modélica, la que tiene su Centro de Estimulación Precoz entre sus realidades cotidianas. Viendo pasar al Cristo del Buen Fin con los sones de la Centuria Macarena en un escenario que ni pintado, uno pensaba cuántos momentos se nos escapan a los sevillanos porque no podemos vivirlos todos al mismo tiempo. Si allí, en San Lorenzo, junto al Señor de Sevilla, los sentidos se llenaron de júbilo casi sin esperarlo. Qué pasa en tantos rincones de la ciudad al mismo tiempo, que nos perdemos por aquello de la inexistencia de la ubicuidad. Nuestra Señora de la Palma camina bajo un palio bellísimo con corbatas y angelotes en un conjunto de clasicismo acentuado. A la entrada de San Lorenzo, la banda de La Nieves de Olivares estrenó la marcha Nuestra Señora de la Palma Coronada, obra de Javier Calvo. Ante el Gran Poder pasaron las imágenes de la cofradía franciscana con seriedad y devoción.


Y más toreo. El Baratillo me lo reservo para verlo a la salida de la Catedral. La nómina de nazarenos toreros ha crecido. A Oliva Soto y Diego Silveti se ha unido este año José Antonio Morante de la Puebla. Que la Piedad y la Caridad le protejan y el Cristo de la Misericordia le inspire en estos días que llegan. En las murallas del Alcázar, la banda del Carmen de Salteras volvió a escribir una página gloriosa de la Semana Santa al tomar una Madrugá inmensa al palio de la Caridad. Qué lujo de cuadrilla llevando con esmero a su Virgen mientras la solemne marcha lo paralizaba todo con una emoción de escalofrío. Después de presenciar ese momento casi no quedan ganas de nada más, pero el cuerpo del caminante aguantó para ver a Los Panaderos. El Miércoles Santo torero había recompensado todo lo sucedido hasta entonces. Nos quedaron grabadas para siempre una saeta de Álex Ortiz y una marcha de Abel Moreno. San Bernardo y El Baratillo, ahí es nada. 

El sentido común de Los Estudiantes

De nuevo hay que escribir la crónica de un lamento. El Martes Santo nos dejó otra vez la impresión de que a nuestra Semana Mayor le hace falta una inyección de sentido común. No se puede jugar a la lotería con los pasos y salir a la calle porque el porcentaje de posibilidad de lluvia sea solo del 60%. La jornada fue un verdadero caos y solo una Hermandad puso sobre el tapete ese sentido común al que apelamos. Los Estudiantes decidieron muy pronto que no harían estación de penitencia. No faltó quien se mofara de ellos y lo escuché personalmente. A final, la dura realidad de la tarde les dio la razón y se la quitó a la Hermandad del Cerro, a los Javieres, a San Benito y a San Esteban. La salida de estas Hermandades, y admito que resulta fácil decirlo a toro pasado, fue una insensatez. Ahora que cada palo aguante su vela.

El Cerro salió, se metió el paso de Cristo en la Catedral, el palio de Nuestra Señora de los Dolores se refugió en la Universidad, desde allí se reunió con el misterio, salieron camino de su templo y el agua les obligó a volver a la Catedral. Entiendo que esta Hermandad está muy castigada por las lluvias de años pasados y que es muy grande la ilusión por completar la estación. No entiendo lo que sucedió ayer.

Menos se puede comprender a San Esteban. Salieron cuando había riesgo de lluvia. Y llovió. Vaya si cayó agua cuando el paso de Nuestro Padre Jesús de la Salud y Buen Viaje ya había superado a la Iglesia de la Anunciación. Allí se recogió, ciertamente con orden y sin bullas. El paso de la Virgen de los Desamparados se unió pocos minutos después en un trabajo excepcional de la cuadrilla de costaleros.

El despropósito, junto a muy mala suerte, se vivió en La Calzada. Solo la Virgen de la Encarnación se libró del aguacero. Por el contrario, el paso de la Presentación al Pueblo y el Cristo de la Sangre quedaron medio anegados en el retorno precipitado a la Parroquia de San Benito. El capote verde colocado al Señor conformó una imagen triste. Pilatos, que se fastidie, no mereció ni un plástico protector.

Los Javieres también salieron a la calle Feria después de un lío monumental de ‘que no se sale’ y al rato ‘sí que salimos’. Un sistema de comunicación absurdo propio de Radio Macuto que se apoderó de Sevilla cuando alguien dijo que no habría salida, la calle Feria quedó despoblada, para al poco tiempo rectificar y poner la cofradía en la calle para que se empapara de agua.

Dicho queda que desde primera hora la Hermandad de los Estudiantes anunció que no harían su estación de penitencia. Incluso no llegaron a realizar con inmediatez el traslado de los pasos desde el Rectorado a su capilla. Simplemente, sentido común, aunque alguno llegara a ponerlos en ridículo.
La noche se recompuso y La Candelaria salió pasadas las ocho de la tarde y el Dulce nombre ya pasadas las nueve. Santa Cruz se quedó en su templo. Más sentido común en la tarde. San Esteban se marchó a su casa y en la Catedral estaba el Cerro. Como dijo uno del barrio, ‘otro día iremos por ellos’.

Es cierto que el Consejo de Hermandades y Cofradías no tiene ningún poder ejecutivo, pero aquí se necesita que gente con la cabeza serena y con la imparcialidad de no pertenecer a las cofradías en cuestión, sea la que organice la posibilidad de salir con seguridad a la calle. La tarde de este Martes Santo ha sido de nuevo un ejemplo que no debe repetirse muchas veces. Una vez más tuve que presenciar la entrada, a prisa y corriendo, de una cofradía anegada en un templo amigo. Es la imagen más desagradable que puede presenciarse. Y no es difícil evitarla. Basta con emplear el sentido común, que parece que no abunda en algunas Juntas de Gobierno de nuestra Hermandades. A partir de hoy, si se cumple lo previsto, podremos hablar de pasos en la calle en su esplendor. Hasta ahora, la Semana Santa de 2016 es casi una crónica de sucesos. 

martes, 22 de marzo de 2016

Aguas buenas y aguas malas

La tarde estuvo dominada por las Aguas; unas buenas llegadas del Arenal y el Museo; las malas, presentes o imaginadas, venidas del cielo en forma de amenaza de lluvia. Las aguas malas rompieron las ilusiones de los cofrades de los barrios que debían hacer estación de penitencia a la Catedral. En San Pablo, en las últimas horas de la mañana, la decisión tenía todo el sentido del mundo. Más doloroso fue lo que ocurrió en el Tiro de Línea. El hermano Mayor anunció que se iban a la calle y antes dijo “pero no aplaudáis”. Javier Bonilla no las tenía todas consigo. Y tanto. Al poco de salir, unas gotas, una predicción con amenaza cierta, lo que fuera, ya con el Cautivo y la Virgen de las Mercedes fuera de la parroquia, la orden fue tajante: vuelta al templo. Dos barrios que se encontraron desolados, un cielo que alternaba panzas de burra en forma de nubes con azul claro y limpio. Es mucha la distancia del recorrido, son muchos los niños del cortejo y el patrimonio, al que también hay que cuidarlo.

Así estaban las cosas cuando las miradas se dirigieron a otro barrio: El Tardón. Todo estaba preparado. La gente estaba contando los minutos, a nadie le pasaba por la imaginación que se anulaba la estación penitencial, pero debió pesar mucho en la Junta lo ocurrido hace unos años en un día similar, aquel en el que el misterio debió llegar de forma precipitada a la Magdalena y la Virgen de la Salud retornaba a su templo. Fue un mal año. Debieron recordarlo. Las predicciones eran de alguna posibilidad de lluvia a partir de las cinco y media. Y optaron por la prudencia.

Como lo hizo la Redención. Aquí debió pesar, más que nada, ese manto nuevo, el gran estreno de esta Semana Santa, ese terciopelo verde de Lyon bordado y mimado durante cuatro años en los talleres de Santa Bárbara. Es el manto que remata un palio especial y diferente, el de la Virgen del Rocío, que también estrenaba una saya de tisú marfil. El manto no pudo ser admirado en su devenir por las calles y Sevilla se quedó sin la visión de las siete cartelas que lo adornan. La tarde ya se encontraba dominada por las malas aguas.

En la puerta de la parroquia de San Andrés se agolpaba el gentío a las seis de la tarde para ver la salida de Santa Marta. El cielo era más azul todavía. Los predictores del tiempo habían  callado. Sin embargo, la gente que esperaba en la plaza, aunque allí estaba a pie firme, tenía la convicción segura de que Santa Marta no saldría. Y no salió. Alguno se quejó porque no lo entendía. Si todos coincidían en que ya la tarde no tendría aguas malas, que todo lo que vendría serían Aguas buenas.

Así fue. De la capilla del Rosario salió la de las Aguas con su Virgen de Guadalupe. Así se rompió el maléfico del Lunes Santo. El misterio, con la banda de la Tres Caídas, con un paso bellísimo que uno llegó a llevar cuando aún no estaba dorado, lució esplendoroso en Dos de Mayo. Las Atarazanas de la discordia le pusieron telón de fondo, en la chimenea grande dos cigüeñas asistieron al momento y una luna de primavera se asomó para verla pasar. Guadalupe recibió pétalos sin fin mientras El Sacri le cantaba una saeta. Las Aguas buenas aclararon la tarde.


En esa inercia que se produce cuando una Hermandad decide salir, las Aguas abrieron el camino para la salida de las Penas de San Vicente, Vera Cruz sacó los pasos ni recurrir al Lignum Crucis y del Museo salió las Virgen de las Aguas. Así quedó parcialmente reparado el día. Lo que no se puede sofocar es el desconsuelo de tanto chaval de las cofradías que no salieron. Y el de los mayores, que cuentan los años al revés que los nuevos. El paseo triunfal de la Virgen de las Aguas del Museo le puso un bello marco al Lunes Santo, el día que los barrios sufrieron el castigo de unas malas aguas que casi no llegaron.